Desde la banqueta
Ericka Segura
A ocho meses de distancia, el caso de Martha Erika Tapia Gone no solo sigue vivo, exhibe con crudeza el tamaño de la indiferencia institucional. No es menor que esto ocurra en vísperas del 10 de mayo, una fecha que suele llenarse de discursos sobre el valor de las madres, pero que en la práctica revela cuánto pesan —o dejan de pesar— cuando incomodan al poder.
Tapia Gone no solo denunció acoso, corrupción y abuso dentro del Ayuntamiento; también evidenció algo más grave, el abandono de quienes se supone debían respaldarla. La Instancia Municipal de las Mujeres, encabezada por Martha Orta, aparece en esta historia no como refugio, sino como símbolo de omisión. Promesas aplazadas, respuestas que nunca llegaron y una indiferencia que terminó por convertirse en complicidad silenciosa.
¿Qué significa hablar de “no tolerancia” cuando una trabajadora pide ayuda y recibe evasivas? ¿De qué sirve una dirección de mujeres que no protege a una mujer que, además, es madre y sostén de su hogar? El discurso institucional se desmorona frente a los hechos, programas que existen en el papel, pero desaparecen cuando más se necesitan.
Mientras tanto, del otro lado de la balanza, los señalados no solo permanecen en sus cargos, sino que —según la denunciante— siguen operando con normalidad. Peor aún, el contraste es insultante. Mientras una madre pelea por justicia, un regidor señalado recibe “premios” disfrazados de sobres amarillos, boletos de avión y viáticos pagados con dinero público. El mensaje es claro, aquí se castiga a quien denuncia y se premia a quien es acusado.
El 10 de mayo llegará con flores, discursos y reconocimientos. Pero para muchas mujeres, especialmente aquellas que han alzado la voz, la realidad es otra, abandono, simulación y puertas cerradas. Porque cuando una institución creada para defenderlas les da la espalda, no solo falla una funcionaria, falla todo un sistema.
Y esa es la verdadera deuda. No con el discurso, sino con la justicia.















