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Más allá del luto: la urgencia de educar para sostener la vida

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Ana & Lisa

Hay noticias que congelan la rutina de una ciudad. Lo ocurrido este martes en la Facultad de Ingeniería de la UASLP sacude las entrañas de una comunidad universitaria y nos confronta con una realidad que ya no admite rodeos ni discursos tibios. Frente a una pérdida irreparable, el primer impulso suele ser el silencio o el estupor; sin embargo, el respeto al dolor no debe confundirse con la parálisis. Toca hablar, y toca hacerlo con rigor, empatía y urgencia.
San Luis Potosí carga con una paradoja silenciosa y dolorosa. Mientras las mediciones de bienestar subjetivo del INEGI ubican a la entidad con una satisfacción con la vida aparentemente alta —rondando los 8.6 puntos—, las cifras oficiales de mortalidad revelan que el estado se mantiene de forma persistente entre los primeros lugares del país con mayor incidencia de suicidios. No es casual que, en esas mismas mediciones anímicas, sean precisamente las y los jóvenes de 18 a 29 años quienes registran el balance emocional más bajo. La contradicción es evidente: tras la fachada de normalidad y optimismo general, el sufrimiento de las juventudes queda invisibilizado, sin canales institucionales suficientes para procesar el dolor antes de que sea tarde.
En los entornos universitarios —y particularmente en espacios con una exigencia académica implacable— este fenómeno no es un hecho aislado; es una sombra recurrente que atraviesa pasillos, carreras y generaciones. La presión constante por rendir, la incertidumbre frente al futuro y el aislamiento conviven a diario con jóvenes que muchas veces llegan a la educación superior sin herramientas para procesar el fracaso, la frustración o la angustia extrema.
Por eso, la prevención real no puede limitarse a pegar un cartel con un teléfono de emergencia en la pared ni a organizar una plática aislada al año. Vale la pena preguntarnos qué pasaría si entendiéramos la salud mental como parte esencial de la formación escolar, y no como un parche para apagar incendios. Desde la educación básica hasta la universidad, necesitamos aulas que enseñen a regular las emociones y gestionar el estrés con la misma naturalidad con la que se enseña cualquier otra disciplina; espacios donde pedir ayuda profesional deje de ser motivo de vergüenza y donde existan especialistas capacitados para escuchar y acompañar el dolor cotidiano antes de que se desborde.
Ningún título universitario, ninguna calificación perfecta y ninguna expectativa ajena valen más que una vida humana. La tragedia en la UASLP nos sacude porque nos recuerda que el éxito académico de poco sirve si en el camino dejamos solos a quienes lo construyen. Cuidar la mente de nuestros jóvenes no es una concesión accesoria; es la tarea más urgente y humana que nos queda por construir.
Si tú o alguien que conoces necesita apoyo emocional, la Línea de la Vida en México ofrece atención gratuita y confidencial las 24 horas en el 800 911 2000.

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