Ana & Lisa
A propósito de la marcha del domingo en donde las mujeres marchan y levantan la voz para que sus derechos sean respetados, nos gustaría abordar un tema silencioso, una zona gris pero que se siente como un ruido blanco asfixiante: la carga mental. No es solo quién hace la tarea física, quién lava los platos, quién cocina o quién lleva a los chicos al colegio; es quién está pendiente de que eso ocurra. Es la persona que recuerda que faltan pañales, que hay que pedir turno con el pediatra, que hoy toca la reunión de la escuela, que no se puede olvidar el regalo del cumpleaños del domingo y que hay que pagar la factura antes del viernes, es el inventario permanente en la cabeza….
Esa gestión es trabajo no remunerado ni reconocido: un “segundo turno” mental que consume tiempo, energía y paciencia. Aunque otra persona haga físicamente la tarea, la responsabilidad puede quedarse en la mente de quien la pidió esta tensión cognitiva continua es lo que la psicología define como un estado de alerta sostenido, un factor que dispara el cortisol y nos deja sin capacidad para planificar proyectos propios o, simplemente, disfrutar del ocio sin sentir que estamos olvidando algo. Para muchas mujeres esa acumulación se traduce en ser las “coordinadoras” naturales del hogar, un papel que viene de mandatos culturales y que hoy, con más discusión, se pone en evidencia.
Un nudo central es la idea de la paternidad como “ayuda”. Si cuidar se ve como un favor ocasional, queda implícito que la responsabilidad última es de la mujer. Cuando un padre “colabora” solo en lo práctico cuidar en momentos puntuales, cambiar un pañal de vez en cuando, pero no se hace cargo de la planificación (anotar citas, prever compras, coordinar actividades), la carga mental sigue siendo femenina. No se trata de señalar personas, sino de mostrar cómo hábitos culturales y roles aprendidos reproducen una división injusta.
Hablar de carga mental es, en el fondo, hablar de una desigualdad estructural. Es económica, porque es tiempo que no se dedica a la carrera profesional o al descanso; y es psicológica, por el estrés crónico que genera. El nudo central es que este reparto desigual nos condena a una pobreza de tiempo. Mientras la mente está ocupada gestionando la supervivencia diaria de otros, se queda sin espacio para la creatividad, para la participación social o para la ambición personal. No tener que pensar en lo doméstico es un privilegio que permite a otros avanzar más rápido; reclamar ese espacio mental es, por tanto, un acto de justicia.
Reconocer la carga mental es el primer paso para desmantelarla. Repartirla de verdad no significa solo hacer una lista de tareas, sino transferir la responsabilidad completa de las áreas: que el otro sea quien note, planifique y ejecute. Solo cuando el cuidado deje de ser una tensión invisible y pase a ser un compromiso compartido, podremos recuperar el derecho al silencio mental. Al final, la verdadera igualdad no es solo marchar un domingo, sino poder sentarnos un lunes a descansar con la certeza de que el mundo no se va a detener si nosotras dejamos de sostenerlo en nuestra cabeza.











