Ana & Lisa
A lo largo de marzo, hicimos un recorrido por los distintos escenarios donde las mujeres habitan y resisten: desde la lucha en las calles y el peso de la carga mental invisible, hasta el esfuerzo de la juventud no reconocida. Para cerrar este ciclo, es necesario mirar hacia adentro, a uno de los espacios más íntimos y psicológicamente complejos de la experiencia femenina: la maternidad.
Desde la psicología, sabemos que la maternidad no es un instinto biológico automático, sino una construcción psíquica, emocional y social. No hay una sola forma de vivirla, y cada historia merece ser mirada con compasión y sin juicios.
Para muchas mujeres, ser madre es un deseo claro y profundo desde etapas tempranas y aún cuando es un deseo muy fuerte, la realidad psíquica se transforma. La mujer atraviesa lo que llamamos “matrescencia”: una crisis de identidad vital (similar a la adolescencia) donde la mujer que era antes debe reconfigurarse para dar paso a la madre, lidiando con la pérdida de su antigua independencia y la enorme responsabilidad del cuidado, es una sensibilidad exaltada que permite a la madre identificarse plenamente con las necesidades del bebé, pero que implica un abandono temporal de la propia identidad previa.
En la maternidad también existe un dolor profundamente invisibilizado: el de la mujer que anhela la maternidad y se enfrenta a la infertilidad, a la pérdida gestacional o a las circunstancias de la vida que no se lo han permitido. Es fundamental que la sociedad aprenda a sostener este duelo ambiguo, ofreciendo espacios seguros donde estas mujeres puedan llorar su pérdida sin recibir frases hechas como “ya pasará” o “relájate y verás que llega”, las cuales solo aumentan la culpa y la ansiedad.
Quizás una de las exploraciones terapéuticas más liberadoras es cuestionar el origen del deseo. ¿Quiero ser madre porque realmente lo deseo, o porque es el siguiente paso “lógico” que la sociedad espera de mí? El mandato social presiona a las mujeres con el reloj biológico, el miedo a la soledad futura y la idea de que la feminidad sólo se completa con la maternidad. La mirada psicológica ayuda a muchas mujeres a desenredar esta confusión, permitiéndoles darse cuenta de que, a veces, ese “sí” a la maternidad es en realidad una forma de cumplir con las expectativas ajenas. Reconocer que no se quiere ser madre es, en sí mismo, un acto de profunda valentía y autoconocimiento.
La energía materna no es exclusiva de quienes dan a luz. Es una forma de estar en el mundo. Es la capacidad de cuidar, de sostener, de crear vida no solo biológica, sino emocional, simbólica y colectiva. Está presente en quien acompaña, en quien nutre proyectos, en quien contiene a otros, en quien siembra ideas, vínculos o caminos.
Maternar, en este sentido, es una experiencia que trasciende el cuerpo. Es un acto cotidiano que puede manifestarse en una mujer que guía, en una mujer que construye comunidad, en quien cuida a sus padres, en quien se reinventa a sí misma después de una pérdida. También en quienes deciden no tener hijos, pero encuentran en otras formas de creación una manera profunda de dar vida.
















