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Agencia Reforma
Monterrey, NL 12 septiembre 2026.- Monterrey ocupó un lugar especial en la vida y la obra de Miguel Ángel Osorio Benítez, su nombre real. El poeta y periodista colombiano, quien durante sus estancias en la Ciudad utilizó los seudónimos de Ricardo Arenales y Porfirio Barba-Jacob, encontró en sus montañas, su empuje industrial y su gente motivos de admiración que llevó a la escritura.
Como parte del próximo 430 aniversario de la fundación de la Ciudad, que se conmemorará el 20 de septiembre, se reproducen dos testimonios de esa relación: un fragmento de “Elogio de la ciudad” y “La ciudad de las épicas montañas”, en los que dejó constancia de su fascinación por la capital nuevoleonesa.
El fragmento de “Elogio de la ciudad”, publicado originalmente en Revista Contemporánea, en Monterrey, el 20 de enero de 1909, fue tomado de Porfirio Barba Jacob. En el recuerdo (UANL, 1976). “La ciudad de las épicas montañas”, publicado en Revista de Revistas, en México, el 13 de junio de 1920, fue reproducido por la revista Reforma Siglo XXI, de la UANL.
ELOGIO DE LA CIUDAD, FRAGMENTO
Porfirio Barba Jacob
Por dondequiera que se observe, nuestra ciudad es realmente magnífica.
Ese hombre que atraviesa la calle va con seguridad a su propio destino, absorto en la realización de su pensamiento, encadenado a las cosas menos trascendentales que hubo jamás, viviendo su propia vida interior; pasa egoístamente dentro de sí mismo. Y sin embargo, en sus pasos, en sus palabras, en todos sus menesteres, hay una virtud inmanente y fecunda. Y esa virtud, con la mía, con la del panadero, y la del conductor, y la del sastre y la del poeta, y la del arquitecto, y la del colegial, forma la gran virtud colectiva, y es parte esencial de la virtud ecuménica superior a la muerte, que se dilata en grandes círculos concéntricos, en un movimiento inmortal y perenne…
El espíritu preside aquí las cosas grandes y las cosas pequeñas -si es que debemos hacer todavía ese distingo innecesario. Nuestras calles, nuestros paseos, el interior de nuestras casas, los teatros en que nos divertimos, han sido dispuestos con sujeción a un orden admirable, ni más ni menos que las celdas exagonales en la intimidad maravillosa de una colmena.
La sucesión del tiempo se encargará de enseñarnos el alma que se formó con el acoplamiento de cien mil inquietudes, y cien mil alegrías, y cien mil esfuerzos -ya frustrados o útiles- dentro de un radio que se prolonga ensanchándose; y con un poco de atención circunspecta hemos de ver cómo resalta, en el orden imperecedero de la Naturaleza, este gran corazón facetado como un diamante vivo.
Hay días en que parece que se remansa el afán de la lucha. Difúndese un saludable rumor, y la tranquilidad, como un soplo de los campos geórgicos, se derrama sobre todas las cosas. Y hace sol… o hace luna! La fuente ve caer su madejón que resplandece con la gloria del prisma en un silencio espiritual. Más hondo, en el santuario inexplorado, vigila en paz el instinto. Decid una palabra poderosa y la veréis caer, encenderse, llamear… Su influjo traspasará los dinteles, y la vibración sub-oída se pondrá de manifiesto en la superficie. Y entonces veréis que este corazón poderoso no había cesado de palpitar…
¿Qué imponente vocería sube hoy en la pureza de la mañana…? Banderas de triunfo se han levantado, y el horizonte se agranda, y todo adquiere la plenitud misteriosa que sucede a los grandes milagros creadores. El aire anda a batir los paramentos de júbilo y riega el eco de las cornetas broncíneas, y viene a desfallecer en los festones amorosamente. La púrpura se magnifica en el gran misterio de la luz. ¡Día de gloria! Los héroes resucitan al conjuro de la ciudad y, otra vez, el amor fue más poderoso que la muerte. El grito de los triunfos lejanos resuena bajo el templo. Es una repercusión de la vida inmortal. El presente se hace conciencia. La enorme voluntad de la raza, bajo el árbol fecundo, realiza un acto de la justicia inmanente.
Otras veces, diríase que la ciudad se desnuda y arroja el manto de su egoísmo a la manera de un desecho inútil. Viene aquí el dolor de una tragedia lejana. Se han abierto las grandes fauces de la muerte, y más allá del mar fue arrasada la campiña por quién sabe cuál secreto rencor de los dioses…. Ahora va a derramarse sin economía la piedad oculta de este corazón generoso!
Dondequiera que se acercan los hombres bajo el instinto que tú llamas innecesario y cobarde, hay encendido un fuego santo que resplandece como las estrellas. -La ciudad religiosa, la ciudad mártir, la ciudad justiciera, la ciudad fraternal, realiza en cada minuto la plenitud de su vida; tiembla, bulle, florece, se deprime, se ensancha… Su corazón está templado en llama pura; es como el corazón salvaje de un monte y como el grave corazón de una floresta; pero es superior, por cuanto se ha hecho consciente.
Los detalles se mudan; lo transitorio desaparece con los siglos: la certidumbre de lo real subsiste bajo todos los cielos. De Sur a Norte, frente al océano clamoroso, en el trópico terrible y magnífico, sobre la nieve hiperbórea, en el azul de las serranías, en la llanura feraz, a orillas del desierto, allí está la ciudad generosamente abierta; viviendo de sí misma; creando, magnificada por el amor y el dolor; -labra su poesía, que es la esencia pura de su voluntad; labra su sabiduría; labra su historia;- florece la inquietud, en grandeza, en amor; se baña en la misericordia de las lunas de enero; reluce entre las redes del sol; clava sus ojos en la celeste tragedia de los crepúsculos… No pide: crea; no solicita: forja; no muere: se renueva.
Y qué decir de la obra que ha realizado la ciudad y que realiza todavía, y que hoy nos separa infinitamente de las noches en el fondo de las cavernas, de los días errantes a lo largo de la llanura y al trote de las cabras; y de la gran voluntad aherrojada, que se consumió al pie de los templos, en nombre de dioses nunca vistos; y de las acometidas brutales, a la luz de la luna, bajo los muros del castillo, qué decir de esa obra! Ciertamente la ciudad no sólo se ha redimido a toda la especie. Y el gran milagro de fuerza que se consumara desde las cavernas hasta hoy, es la mejor garantía de que la ciudad realizará las grandes cosas que duermen ahora en el corazón de los tiempos.
… Aquí, entre las cosas simétricas, al otro lado de los parques que a ti te parecen, como jardines de papel, una falsificación de la Naturaleza, una falsificación lamentable; y en los palacios imponentes o en los cuartos humildes, y entre las fábricas atronantes, llenas de humo y de gases, aquí está la humanidad nobilísima que sueña y que trabaja, y está frente a la lucha, mirando hacia el siglo futuro. Los héroes cuyo nombre no ha de recoger la historia tal vez. Acércate a ellos. Son generosos o egoístas cuando se trata de ellos o se trata de ti, pero su virtud es tal, y es tal la fuerza de ella, que florece por sobre los detalles y ecuménicamente se derrama en el seno del mundo…
¡Los héroes! Nadie les recordará cuando hayan pasado cincuenta o cien años. No habrá razón para recordarles, dirá alguien. Realizaron tan pequeñas cosas.
Con cierta precipitación incoherente y aun disculpable, te he dicho mi pensamiento en lo que atañe a la grande armonía de este vigoroso organismo. Piensa por tu cuenta en la gran voluntad de vivir, de triunfar y de ennoblecerse que representa el acoplamiento de los esfuerzos entre los muros de París o de México. Repara en los detalles; por ejemplo, en la significación de una estatua expuesta libremente a la mitad de la calzada o en el pórtico de un palacio… He allí en forma exterior el culto al heroísmo: es decir; una manifestación del espíritu: y tan significativa, que si meditamos en ella, de pronto nos parecerá que un hálito de inmortalidad nos envuelve.
Frente al crimen, o al amor, o a la noche -¡frente al siglo futuro!- la ciudad está de continuo realizando grandes cosas. Mientras el campo duerme, la ciudad piensa y trabaja. Mientras el campo está contenido en los límites del minuto que pasa, la ciudad extiende sus raíces en el pretérito y alarga sus manos laboriosas y ávidas hacia el porvenir. La ciudad que forja su historia y enciende sus esperanzas, eslabona realmente los siglos.
Lástima que los poetas no hayan auscultado este corazón formidable con la necesaria pureza de espíritu; o que si lo han hecho, nos tengan esperando el día de la revelación. Cierto que uno ha glorificado a su ciudad fecunda; y otro exaltó la enorme fuerza que arranca del hombre ciudadano, en aquellas odas bárbaras e inmortales; y otro encomia las virtudes próceras de una ciudad lejana y silenciosa:
A ti los relámpagos ciñen radial corona
A ti las tempestades rinden sus espaldas de oro
¡oh Popayán!
-Pero es necesario que alguien condense de una vez el pensamiento de la ciudad abstracta, y diga de una vez los maravillosos secretos que esconde el alma urbana, llena de inquietud y de amor; esperanza y tumulto: sol y gloria.
Déjote al fin en paz, y que el Señor te guarde en ella. Me parece que habrás comprendido mi resentimiento por tus palabras de ayer, y al mismo tiempo, el amor mío hacia la ciudad -y hasta cierto punto, hacia la ciudad en que vivo, asentada en los confines del Norte, en la “América ingenua” y que bien puede ser la ciudad-símbolo y, ante todo, la ciudad del poeta… Es deplorable que el espacio y el tiempo no me permitan escribir más en desagravio y en loor de la vida. Pero acaso sea suficiente. Suple tú las ideas intermedias entre la emoción y la lógica. En mi nombre agrega, al leer, el gran temblor de mis manos y la inquietud de mi espíritu. Y piensa, recorriendo los desiguales renglones, que cada uno de ellos es vivo testimonio de mi nobleza espiritual, y flor de mi energía, y energía de mi juventud, y juventud de mi alma. Y piensa que mientras toma la carta su camino por uno de los buzones que la ciudad ha puesto a mi servicio con admirable solicitud, me quedaré suspirando por el poeta del porvenir -Cristóbal Colón o heraldo que descubra y pregone la nueva verdad de la vida… Y convirtiendo mi espíritu hacia esa niebla desvanecida y luminosa que vimos ayer desde los farallones del occidente, y que se extiende ahora ante mis ojos emocionados, rompo a decir, con toda la fe de mi alma, los versos más fragantes que en la memoria conservo, y las palabras más nutridas de sinceridad y de música…
¡Qué desear para ti, gran ciudad, sino que te descubras a ti misma, y te levantes aún más que tus desnudas montañas, y te hagas universal, y te hagas eterna! Tus ojos pueden desgarrar la neblina del tiempo. Es hora. Fíjalos desde hoy en el gran esplendor de la Patria Futura. Oye la voz de tu poeta, si es que te tienes, porque el poeta es la conciencia del Universo. Embriágate con el vino de tu propia energía y prosigue hacia el horizonte. Ya me parece que veo, en medio de mi noche, la aurora de eternidad que circunde tus sienes. Oigo el ritmo de tu corazón. Y un poco de tu propia virtud, difundida en mi sangre, me hace presentir las dianas del triunfo. ¡Adelante! Siempre adelante, fuerza viva, milagro de claridad, atalaya del alma latina, que resistir puedes las más duras borrascas del Norte. ¡Oh, mi ciudad-símbolo! Yo, que he de pasar, me extasío en ti, que permanecerás. ¡Yo, extranjero en toda la amplitud de la Tierra, que he venido a soñar en ti, pasajeramente, y a sentir en tus calles el hondo temblor de la vida!…
LA CIUDAD DE LAS ÉPICAS MONTAÑAS
Ricardo Arenales
I.-
Si para loar la hermosura y grandeza de Monterrey, que fulge con brillo diamantino en la guirnalda de ciudades de México, se requiriese imparcialidad, sería yo el menos a propósito para escribir este artículo. Porque tratándose de la orgullosa Sultana del Norte, no soy -no puedo- no quiero ser imparcial.
Echo mi corazón en su balanza con el amor confiado y alegre con que un niño se tiende en el regazo materno. La simpatía de la ciudad, su ánima brava y tranquila, el vigor con que labra su propia suerte, la terneza que transfunde en el pecho peregrino que en ella se detiene, los ímpetus vitales que esconde en su seno, me atan a su gloria con una especie de lazo filial.
Monterrey me enseñó la religión del trabajo en sus propios altares; Monterrey me reveló el orgullo del esfuerzo valeroso y paciente; Monterrey me inspiró los mejores cantos de mi juventud; Monterrey me reclama en mis días de azarosas aventuras… Torno a su seno nutricio a repararme de los quebrantos, a fortalecerme en su espectáculo, a templar de nuevo mi esperanza irreductible. Es la sede para mi ilusión y la madrina para mis canciones.
Pero… ¿lo es únicamente para mí? El cariño con que acoge, la sinceridad con que halaga, la munificencia con que brinda ocasiones de victoria, ¿estaban acaso reservadas para mí solo, por impulso exclusivo? No; la ciudad tiende sus brazos, a un tiempo de hermana y de madre, a quien viene a ella con rectitud de intenciones y cordial entusiasmo. Es palenque para toda aptitud, tónico en todo desaliento, surco propicio a toda noble semilla. Sedle fieles en el afecto, responded honradamente a sus tradiciones y costumbres, y ella os incorporará sin esquivez a su propia vida. Entonces ya no resultaréis imparciales para juzgarla. Y vuestra parcialidad, como la mía, será un justo y adecuado homenaje a la urbe hospitalaria.
II.-
Súmanse a esta ciudad en síntesis maravillosa, lo antiguo y lo moderno. Lo antiguo está en sus anales, de donde parecen surgir sombras veneradas que en la alta noche recorren las avenidas y se transfiguran en los recodos de penumbra; las encabeza don Diego de Montemayor, y tras él advertiréis, en la teoría de la gloria, a un Fray Servando Teresa de Mier, a un Escobedo, a un Zuazua, a un José Eleuterio González, a un Ramón Treviño, a un Lázaro Garza Ayala… Lo antiguo está en la pureza de las costumbres domésticas, que aún perduran como un testamento de los fundadores. Está en la virtud de las mujeres, en el recio corazón de los varones, en la tibieza espiritual del hogar que hace de cada casa una urna y de cada habitante un hermano.
Lo moderno está en la actividad de sus industrias, en sus vastas fábricas, en la amplitud de sus recursos, en la distribución de sus riquezas, en las múltiples ocasiones que brinda el esfuerzo ordenado y valeroso. Está en sus bellos edificios, en su linda plaza de 5 de Mayo, en sus amplias calzadas que hacen pensar ya en el fausto de las urbes de Europa… Está en su tráfico incesante, en sus soberbios almacenes, en sus colegios y escuelas universitarias, en sus hospitales, en sus clínicas, en sus organizaciones obreras, en las vías férreas que la enlazan con el resto del país y con el mundo, en sus enjambres de tranvías y automóviles… Está, finalmente, en sus poderosas Fundiciones: la de metales, que es honor de México, y la de fierro y acero, que es dechado de organización y asombro de fuerza productiva.
Si hubiésemos de figurar a Monterrey por medio de una colosal estatua, de modo que el bronce o el mármol, intérpretes de la idea, viviesen con la propia sangre y el propio ritmo de la ciudad, sería menester que el fuego o el cincel fraguaran una matrona de juventud inmarcesible: la cabeza erguida en la actitud del que explora, busca el cielo por la parte de Oriente; la siniestra mano erige un libro vetusto, símbolo del pasado; la diestra sostiene una granada, como representación de los gérmenes del futuro. En el cuerpo hay la actitud de la fuerza y la seguridad que coexisten; la frente fulge con un rútil halo de oro vivo, emblema de los ensueños generosos; el seno muestra yo no sé qué actitud amorosamente acogedora; y el movimiento que la materia fijó en uno de los instantes sucesivos que lo realizan, revela algo como un “elán” divino y como un ímpetu desbordado, donde se columbran la pureza de la vestal, el amor de la madre y la vocación de la heroína…
III.-
Nunca ciudad alguna pudo retener al transeúnte que en ella reposó una tarde, con cerco de igual magnificencia, de tan singular hermosura, de tan vasta fuerza y tan solitaria originalidad. Estas montañas están pidiendo a gritos, en su mudez perenne, la mano de un Miguel Ángel que les dé adecuada representación en símbolos marmóreos, o la lira de un Víctor Hugo que las refleje en un canto perdurable como ellas. Tienen tal eminencia; se yerguen con tan no superado atrevimiento; despliegan tal fantasía; juntan de tal modo la severidad a la blandura, la majestad a la gracia, la levedad ilusoria a la pesantez real; ofrecen tan bizarra fiesta de colores; transfiguran por tan raro modo la luz y la sombra; se encienden tan esplendentemente, hasta parecer fragmentos de soles ígneos caídos en tierra por mandato de un taumaturgo, o se apagan tan de súbito, hasta parecer hielos nocturnos en un océano de tinieblas, que imponen silencio al labio y lágrimas a los ojos. Ni la Arquitectura, ni la Geología, ni el vasto dominio de las imágenes, os darán palabras que expresen la maravilla. Para hallarles par, habría que erigir fantasmas de mundos diversos. Para gozar mudamente su contemplación, no alcanza al espíritu una existencia terrestre.
Álzase el Cerro de la Silla casi en la confluencia del Sur y el Levante. Su aire fantástico desconcierta las imaginaciones, sus líneas sinuosas en lo estupendo, arbitrarias aun dentro de un juego de monstruos niños, recortan el cielo como algunas riberas el Océano. Es grave y solemne en su deformidad sin segundo; y no obstante, hay en él no sé qué dejo de ironía jovial y duro sarcasmo. Pensad que un poeta de genio busca afanosamente la representación de lo absurdo y lo doloroso de la vida, y que quiere unir a esa representación, bajo cendales ilusorios, un sentido burlesco, un sentido trágico y un sentido apocalíptico… El Cerro de la Silla será esa obra, plasmada en moles.
IV.-
Hacia la parte del Noroeste se eleva, con la majestad de un Dios, la gran montaña de las Mitras. Escala el infinito sin premura, en ascensión calmada y expectante; su misma desnudez permite advertir, en la agria superficie, nervaduras blanquecinas, que se abren a modo de arcos: ¡en el espacio que cubre cada uno de ellos podrían volar miles de águilas!
Cuando esta gran pirámide se ha deslizado ya lo suficiente de las cumbres enanas que pudieran emular su grandeza, como que reasume la áspera libertad de su ilusión, y entonces avanza en derechura, para rematar en la multiplicidad de sus cumbres mitrales, que evocan ritos de razas gigantescas. El monte posee entonces la serenidad: es digno de su propio secreto: se ofrece a las transfiguraciones: coloquia con los luceros: reclama vuelos de arcángeles que den a su silencio melodías celestes.
Hay horas, en las tardes de estío, en que la luz se tiende de monte a monte como en los arrobamientos de un juego inefable. Diríase que, por abajo, en la sobrehaz de la tierra morena que sirve de sustento a Monterrey, va a desfilar una procesión de diosas, y que coros de genios ignorados disponen no vistos paramentos de nieblas de iris. El cielo luce raras estrías; las estrías se van agrandando, se aíslan, se desprenden convertidas en tules y echan a flotar. A ésta, que es áurea, sucede aquélla, de un profundo gris; otra, teñida con sangre, se funde en la línea de contacto con la más alta, que es río de zafiros entre ribas de violeta y naranja.
Aquí lo cárdeno, lo malva, lo guinda, lo albinegro, lo carmesí, lo verde-retoño, lo solferino, lo morado episcopal, lo azabache, lo albo puro, lo sepia. Aquí el brillo de los diamantes brasileños; aquí la gota trágica de los rubíes de Bohemia o del Thibet (Tíbet), y la gota violácea de los que resultan en Birmania o en Candy; aquí la transparencia de las claras esmeraldas de Muzo, o de las profundas esmeraldas de Coscuez; aquí el oriente cálido de las perlas de Veragua; aquí el iris de los ópalos de Querétaro; lo devaído de las amatistas sagradas de la India; lo aniñado de los caracoles del Cantábrico; lo alucinante de los berilos de Sajonia o de Mursinsk, de Finlandia o de Brodbo… Y todo flotando, todo en airones, en gasas, en tules, en nébulas; todo mudándose por milagro, degradándose, tornando a iluminarse como lumbres invisibles encendidas por los querubines en una tramoya celeste…
Hasta que, de súbito, como si la teoría de las diosas hubiera vuelto a sus grutas recónditas, alguien recoge las colgaduras etéreas, cae la noche, y aparece la cumbre simple, grave y muda, semejante a la calva cabeza de un patriarca que despierta de un delirio nocturno…
Sobre la cima, nomás una estrella efunde su claridad estelífera.
V.-
La crestería de Oeste, parada, compleja y agria, no os encantará con esta gradación fantasmagórica que va de los colores primarios a las más extrañas delicuescencias, del rojo y el azul y el oro ardiente, a las “nuances” que desaparecen mucho antes de que el labio acierte a definirlas con una palabra. No. Si el Cerro de la Silla es una creación solemne, irónica y desesperada -la suma de los sueños de un Dante, un Rabelais y un Leopardi; y si el cerro de las Mitras parece adecuado para presidir la epopeya del Ramayana, dando arrimo en sus grutas a los ejércitos del Bien y el Mal- el largo y alto muro de Ocaso, estriado de fuego en remotas edades, es sólo un milagro de desnudeces en equilibrio, de puntas que se elevan frenéticamente como huyendo de la esterilidad de su propio corazón, de agujas que pugnan por sobresalir, de abras voraces, de minúsculas cuencas suspendidas en la altitud como nidos de diablos.
Este abanico de rocas desapacibles es lo inverosímil expresado en formas de arquitectura geológica; es el delirio de una divinidad sombría, plasmado y puesto por ahí por un alarde de la Naturaleza; es la inutilidad tornada inefable y, por lo inefable, vuelta en maravilla para los hombres; es lo arduo superándose.
La montaña desciende rígida y feroz, como un pensamiento de muerte. Allá le sale al paso una roca que ondea cual flexible cordel formado con condensaciones de penumbra. Por aquí se abre un canal, como cuenca vacía de catarata que secó un dios colérico. En un pretil que es amago de reposo, mírase la palmera solitaria, pugnando por agarrarse a la entraña impenetrable del peñón, para deducir de él un hilo de savia. Del lado de allá, pueblos de parasitas-espíritus, libres en su parquedad como las cigarras helénicas, están alargando sus ramas al aire, vehículo de sus juegos nutricios… Dijérase que el instrumento que cortó este monte con tajo vertical, no hendió la materia de un solo golpe, sino que vaciló acaso en el impulso, y dejó esas cuevas, esas aristas, esos nudos; y que, retocando después, pudo apenas suavizar y bruñir unos cuantos, pero dejó los otros en su insuperable desarmonía. Aquello es lo disforme estático; lo raro sublimado; el desvarío de las entrañas del mundo acosadas de fiebre…
Ascended, si es posible, por roca parada, compleja y agria. No bien se llega a la parte media, mírase una ventana abierta, que atraviesa de lado a lado la peña viva, como una horadación consumada a golpes por el capricho, como un pórtico hacia la parte contrapuesta del mundo. Aquí un abismo se une a otro abismo, un vértigo llama otro vértigo, un horizonte quiere robaros otro horizonte. A dónde miraréis: ¿a Levante o a Ocaso?… Tenéis, en la ilusión de las magnitudes, doble símbolo: lo que pasó, lo que está por venir. Doble no: ¡triple! Porque reposáis en delgadísima lengua de roca, en sutil hilo geológico; en nada, en fin! He aquí el presente. Pero tened la vista del lado que gustéis: desatad las águilas de la inteligencia: dejad libres las palomas del amor: tirad las flechas de la suprema aspiración… ¡Qué credo, qué síntesis filosófica, qué rara teoría, qué ardiente ensueño de poeta, pudo ofrecer jamás la perspectiva de las edades y los espacios, como la brinda, en su rigor caliginoso y en su irreal antojo, esta montaña de Monterrey!
VI.-
Por la parte de Oeste y el Suroeste, corre todavía la Sierra Madre, desatada en series de alcores, de colinas, de contrafuertes y de pináculos, como una escala para la acción y para el ensueño ante los ojos de la ciudad. Su lomo se recorta en la altura con ondulaciones tan repentinas y tan vastas, como si legiones de cíclopes hubiesen querido erigir torres de portento. Hasta el lugar en que media la mole inmensurable, un firme orden dórico preside esta arquitectura sin segundo; de ahí en adelante, todo se hace gótico, en una aspiración de religioso ideal. Sobrecargadas de palmas ascéticas y de pinos exclusivistas, las cúpulas tienen los adornos que les atañen. Desenredad, si podéis, la madeja de nimios y preciosos ornamentos, y decidme si ha olvidado algo el Artífice que entregó a la caricia de las edades esta catedral del Misterio.
Y ahora, recorred la sucesión de vocablos pesados, de irreductibles asperezas, de broncas imágenes con que es necesario hablar del cerco que ciñe a Monterrey, para que tengáis presente que asistís a la pintura de la materia ponderable, encadenada a sus tres dimensiones clásicas. ¡Porque la materia va luego a espiritualizarse! La luz conquista para estas montañas el nombre bíblico de Montañas de la Transfiguración.
A veces, en los mediodías estivales, cuando crepitan los campos bajo el resistero solar, y funden soplos de la tierra en letargo, y hasta el mismo viento parece haber atravesado florestas ardientes, una impalpable gasa azulina, de un azul lácteo y dulce, borra los colores primarios, diluye los matices, esfuma los contornos de detalle, y no deja sino los lineamientos dilatados, como para que figuren gasas aéreas. No tiene el ópalo esta claridad de cielo suspenso en brumas fantásticas. Una ala de torcaz no es más tenue. Un anhelo virginal no es más ingrávido. Hundirse en aquel océano, reposar la cabeza entre aquellos impalpables velos, sería como yacer “sobre alfombras más blandas que el sueño”…
Traer vendado a alguien que no haya visto la leve maravilla, y plantadlo en el corazón de la urbe, a la hora del prodigio. ¿Cómo creerá que aquellos cortinajes de claro zafiro que apenas recortan sus perfiles en el horizonte, no son la decoración de un teatro en que van a figurar ninfas oceánidas, o coros de Potestados y Dominaciones, o acaso Dios en su propia gloria inenarrable; realmente ¿cómo admitirá que esa bruma sutil y azul que evoca hálito de jardines quiméricos, neblinas de un mar incógnito, luz que aspirara a cuajar en preciosas gemas, no es sino la dura, la aspérrima, la rocosa y desnuda montaña?
Detrás de este milagro debe esconderse un numen más grande que el mismo numen de la luz solar: es quizá el espíritu de la Tierra. La Tierra se recoge en sí misma y, como el Rey Ricardo II en la tragedia de Shakespeare, dice en su corazón enardecido: “¡Forjemos un pensamiento!” Y he aquí su pensamiento: este azul que se desvae, este velo opalino inmóvil en el aire, este efluvio que se ve cual si, alzándose de la superficie del globo, fuese a confluir -idea mística- en el seno de la Divinidad.
VII.-
Por junio, cuando el rosicler de la aurora se alza en la cálida noche, la mole maciza y obscura tiene su última y suprema transfiguración. Ya la habéis visto trocada en airón de nébula: miradla ahora trocada en bronce vivo, en verdadero bronce que fulge, que acaba de salir chispeando de las fraguas plutónicas, que va a incendiar el mundo. Las cimas destellan. Un resplandor rojo amenaza conflagrar el espacio. Las torres góticas parecen ahora ígneas lenguas voraces, inmóviles en el horizonte. Los pájaros cantan: ¡la cumbre arde! La ciudad va desperezándose: ¡la cumbre arde! Natura siente efluvios de júbilo: ¡la cumbre arde! Hombres humildes y humildes bestezuelas dan principio a la labor cotidiana: ¡la cumbre arde! Las campanas tañen el Angelus: ¡la cumbre arde! Arde, arde en realidad y en verdad. Milagro es que no nos queman sus flamas. Milagro que no nos ensordezcan sus truenos porque de aquel Sinaí va a brotar nueva ley para el género humano.
Mas ya empieza a degradarse hacia abajo la trágica rojez: lo negro de la noche surge en la base; una hondonada se divisa aquí, una trabazón o un nudo se ve más lejos. Pero ¿es que no ardía con ardor de fuego? El contraste, lejos de destruir la ilusión le da fuerza y rotundidad.
Una mañana de estas advertí el prodigio, y mis rodillas se doblaron en un rapto a la vez de amor y de terror. Corrí después desalado, loco; me parecía sentir la iluminación, espantosamente admirable, en la piel, en los ojos, en los erizados cabellos, en las lágrimas que se me caían. Corrí desalado hasta dar con el primer transeúnte. “¡Repare usted en esa maravilla: el monte arde; el cielo se inflama; Dios habla con ígneos vocablos!”
-Eso pasa todos los días de junio, cuando amanece, señor- me contestó el hombre, arreando su recua de asnillos-. Y yo recordé entonces que, como enseña San Agustín, a fuerza de ser cotidiano el milagro, acaba por no suscitar en las almas ni un solo ímpetu.
Me puse el sombrero y me fui algo corrido y mohíno. ¡Ah, pero tú, montaña augusta, eras merecedora de mi pasmo, como adecuada oblación a tu belleza sublime!
VIII.-
Así está la ciudad en su valle, al amparo de sus sierras heroicas. Ellas le trasfunden fuerza, serenidad, ideal, sentido de la luz, noción de las magnitudes, divinos azoramientos, ritmo seguro y amplio. Bajo la sombra con que ellas la cubren, venera el pasado, labora en el presente y edifica para el porvenir. Ama, obra y confía. Atalaya de una raza que ha de regir el mundo, es digna de la preeminencia que, a modo de brillante corona, puso en redor de su frente la mano del Destino…















