Morena versus Morena

Política sapiens

Octavio César Mendoza

En San Luis Potosí, Morena está a punto de hacerse un harakiri político. Y no por culpa de la oposición, sino por su propia incapacidad de procesar una candidatura a la gubernatura en 2027, merced a las esquinas de dos pesos pesados que hoy se miran de reojo en el mismo ring, pero que ya se muestran atentos a que suene la campana.

Ella, secretaria de Gobernación, con el colmillo federal bien afilado, cercanía con Palacio Nacional y Palenque, y un perfil de operadora que ha resuelto varias crisis a la Presidenta. Él, dueño del factor novedad, estructura territorial, discurso de calle y narrativa anti-Gallardista. Ambos en las antípodas etarias que contrastan a más no poder: 66 y 34 años.

El problema no es que compitan, sino que ya compiten sin reglas claras y con tribus que ya afilan sus cuchillos. Los que empujan a Rosa Icela acusan a Gerardo de “agandalle mediático” y los que empujan a Gerardo acusan a Rosa Icela de “paracaidista desarraigada”. Y parece que Morena nacional no los ha sentado a dialogar, o no le interesa hacerlo.

El resultado: filtraciones de prensa operadas por personajes inexpertos en campañas políticas, militantes divididos entre uno y otro liderazgo, un Partido Verde que se dedica a fortalecer sus posiciones territoriales con operadores eficientes, y un calendario donde no van a encontrar la fecha precisa para la futura justificación de su inoperante ambición política,

Mientras Morena se desangra sin luchar, en Palacio de Gobierno se proyecta un cierre de obras y acciones poderoso. Guste o no la realidad, en San Luis Potosí manda el Gobernador y este tiene operación, recursos y una base social que vota. Si Morena llega fracturada a la boleta, el Verde solo necesita pescar en el río revuelto del morenismo desencantado.

El escenario es previsible: si Rosa Icela no es candidata, su equipo no se va a formar con Gerardo. Si Gerardo no es candidato, su estructura no va a cargar cajas de lapiceros por Rosa Icela. Y si la dirigencia nacional, en un intento por “dar un manotazo en la mesa” impone a un tercer perfil sin peso ni trayectoria, entonces el desastre está garantizado.

Ante ello asoma el riesgo de un nuevo tercer lugar porque San Luis Potosí no es Tabasco. Aquí Morena no gana en automático. En 2021 ya perdió la gubernatura frente al Verde, quiérase o no recordarlo. En 2024 mantuvo la mayoría presidencial, sí, pero en lo local el Verde le compitió y le ganó municipios clave y le comió el pastel.

Si la candidatura recae en un perfil menor —un cuadro administrativo sin calle, un diputado sin arraigo o un externo improvisado— Morena no solo pierde la gubernatura: se va al tercer lugar. Porque el votante potosino ya probó al Verde en el poder y, aunque lo critique, lo conoce. Y entre un Verde conocido y un Morena desconocido…, continuidad.

Además, el PRIAN, aunque débil, todavía rasguña 20 puntos si huele sangre, y en esto último estanque hay un tiburón experto en batallas de desgaste. Ante la evidencia matemática de un Verde muy bien posicionado, la idealizada “pelea a tres tercios” se va a convertir por inercia en un pleito entre dos para dejar al otro en la liza y tratar de alcanzar al Verde.

La dirigencia nacional tiene que decidir si quiere ganar San Luis Potosí dando una lección de disciplina interna o dejar para el 33 la oportunidad de convencer al elector. Si optan por impulsar una candidatura testimonial y sacrifican a sus mejores cuadros, le estarán regalando la plaza al Verde y al Gobernador, en bandeja de plata, una vez más.

Y mientras ellos se pelean, los verdes se unen más, mucho más.

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