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El choque en la calle Reforma de Matehuala no solo dejó plásticos rotos y una patrulla abollada; encendió un debate sobre la fragilidad de la cultura vial en el municipio y la dudosa pericia con la que operan tanto los conductores particulares como las propias fuerzas de seguridad local.
Justificar un frenazo brusco bajo la premisa de resguardar a un ciclista adulto mayor evidencia una alarmante falta de anticipación. Aunque la intención de la Policía Municipal haya sido protectora, clavar los frenos en medio de una arteria concurrida demuestra una conducción defensiva defectuosa por parte de los oficiales a cargo del vehículo oficial.
Por su parte, el motociclista pagó el precio de una omisión elemental: no guardar la distancia de seguridad. Si el conductor hubiera transitado con la separación adecuada, el percance no habría pasado de un susto, sin importar la inexperiencia o el descuido del vehículo de enfrente.
Las quejas en redes sociales —que señalan exceso de velocidad de la patrulla y falta de direccionales— reflejan un hartazgo colectivo recurrente. La ciudadanía percibe un doble rasero donde la autoridad exige prudencia a través de comunicados, pero evita someter a sus elementos a un peritaje público y riguroso.
El deslinde de responsabilidades no puede quedar en un arreglo discreto. Para construir confianza, la corporación debe transparentar los peritajes viales y garantizar que la cortesía jamás comprometa la seguridad.


















