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MUEVE (LA)HORDE REFLEXIÓN SOBRE LA VIOLENCIA

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Agencia Reforma

Ciudad de México 23 octubre 2026.- Tras éxito en el Cervantino, llega a CDMX ‘Room with a View’, obra de Rone y (LA)HORDE con bailarines mexicanos que explora la violencia.

Sobre esa cantera arriba del escenario, África Arvizu Roa lleva varios minutos en trance bailando al ritmo del live set de Erwan Castex, músico y productor francés mejor conocido como Rone, mientras que los de las butacas siguen inmersos en sus teléfonos o platican con el de junto. “¿Sabes si esto ya es parte de la función?”, pregunta alguien.

En defensa de ellos, ya pasa de la hora programada y las luces dentro del Auditorio del Estado, en Guanajuato, permanecen encendidas. Pero es cosa de minutos para que finalmente se haga la oscuridad, al tiempo que los bestiales movimientos del elenco completo concentran, ahora sí, las miradas de los que han llegado hasta este frenético rave.

Nunca más evidente aquello de “es preciso tener caos dentro de sí para poder dar a luz a una estrella danzarina”, cual lo plasmara Nietzsche en Así habló Zaratustra, como en esta pieza coreográfica de Rone y (LA)HORDE -colectivo artístico cuyos fundadores dirigen desde 2019 el Ballet Nacional de Marsella-, que parte de la idea del colapso como fenómeno estético, político y social.

Luego de su exitoso paso por Guadalajara, León y el 54 Festival Internacional Cervantino (FIC), llega este fin de semana a la Ciudad de México la versión de esta obra que talento nacional elaborara bajo la dirección del equipo creativo original.

“Nos dieron toda la información, pero también nos permitieron investigar entre nosotros y, o sea, hacerlo nuestro. En vez de ser como: ‘Tienen que ser iguales que los de Francia’, fue muy lindo ver también cómo nosotros, cuerpos mexicanos, artistas mexicanos, qué ofrecemos o qué traemos a la mesa”, resalta el bailarín César Brodermann, de 31 años, al término de un ensayo abierto a un par de medios previo a las presentaciones en el FIC.

Rone, quien desde el escenario va configurando la atmósfera mediante pulsos electrónicos sutiles, ritmos industriales y música techno, destacaba en conferencia desde la Capital Cervantina de América el aporte de cada intérprete a esta obra estrenada en 2020 en el Théâtre du Châtelet, en París; “lo interesante es cómo cada bailarín se apropia del movimiento que vamos a proponer”, coincidía Vito Giotta, asistente artístico.

Para la bailarina Aime Irasema Sánchez, de 33 años, el sello específico de México está en, además de una energía distinta, la manera de plantarse en escena y de reconocer la premisa de la puesta.

“Porque habla mucho de la resistencia, de la colectividad, de la manifestación, de la protesta. Y si bien en todas partes del mundo sucede eso, pues obviamente (a nosotros) nos atraviesa un contexto latinoamericano-mexicano que tiene un tinte distinto”, apunta la egresada de la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea, distinguiendo incluso la manera en la que se vive la fiesta de este lado del mundo.

“De hecho, al inicio nos dijeron como: ‘No muevan tanto el cuerpo’, porque nosotros le poníamos mucho más fuerza, mucho sabor; entonces, poco a poco nos fueron ayudando a afinar cosas, pero también aprendimos a hacer las nuestras”, agrega.

Tanto Sánchez como Brodermann son parte de los 16 intérpretes seleccionados a través de una convocatoria nacional a la que respondieran más de dos centenares de bailarines. Una vez elegidos, vino un periodo de intensas jornadas de trabajo para aprender y ejecutar la obra.

“Fue un mes de residencia, y prácticamente en dos semanas la construimos”, cuenta Sánchez, estimando que buena parte del reto fue adaptarse y averiguar en colectivo cómo emprender las mecánicas de una coreografía tan codificada.

Y pese a los diferentes trasfondos de cada uno, al final el resultado es de una sinergia tal que “esta pieza no se puede hacer si no está una persona”, sostiene la bailarina.

“Y también como es una pieza de mucho riesgo, es bueno que todos sabemos lo que hacen todos para cuidarnos. Porque sí es una pieza muy colectiva, pero muy pesada”, abunda Brodermann. “Está cansadísima, (.) pero lo disfrutamos mucho; siempre salimos extasiados al final y con ganas de ir de fiesta”.

La estrecha cercanía que como grupo han fraguado se aprecia en ese ensayo al que arriban al grito de “¡Ya llegamos, Cervantino!”, vistiendo cómodas ropas deportivas, haciendo bromas, cantando incluso. Las del festival son la quinta y sexta de 10 funciones contempladas en la gira y, a una semana de las de Ciudad de México, se enteran con gusto de que éstas ya son sold out.

“¿Qué vamos a hacer? ¿Babilonia, o todo?”, pregunta una de ellas; “¿alguien tiene una liga que me preste?”, lanza otra. Además de estirarse y calentar con movimientos de breaking o parándose de manos, sus rostros reflejan el tránsito a ese estado mental sin el cual es imposible ejecutar una obra de fuerte contenido emocional y atravesada por, entre otras cosas, la violencia feminicida.

A la pregunta sobre el proceso para traducir ello a escena, Giotta había referido que la clave estaba en la comunicación, y Sánchez, que ejecuta junto con Brodermann un dueto muy explícito, lo constata; “desde el inicio, de la dirección hablaron con nosotros, nos contaron de qué iba, (nos preguntaron) cómo nos sentíamos”.

“Entonces, fue una aproximación muy bella desde ahí; o sea, no fue un: ‘Tienes que hacerlo’, sino ‘¿cómo te sientes?’”, enuncia la bailarina. Incluso, continúa, pudieron platicar con el intérprete original del rol de Brodermann, cuyo consejo fue puntal: “Sean pragmáticos, no se claven tanto en las emociones”.

“Porque pues sí, es algo muy denso. Realmente son imágenes súper fuertes, súper densas”, prosigue Sánchez. “Siento que este dueto es muy hacia lo teatro físico, muy de acciones. Entonces, creo que desde ahí nos amarramos y nos dejamos envolver por la emoción, pero hasta un punto donde no nos afecte y que no nos quedemos drenados por lo que está pasando”.

“Para nosotros, ya termina siendo como un juego de casi, casi dos hermanos jugando a: ‘A ver, ¿cómo te puedo atacar?’; entonces, nos ayuda estar así. Salimos, nos abrazamos y empezamos a bailar. Y también tener estos rituales de terminar, porque si no, justo la mente, el cuerpo, como que se quedan en algo obscuro, y puede ser muy peligroso, la verdad”, suma Brodermann.

Luego de correr la pieza completa, acaso más como un trámite para afinar algunas posiciones y aspectos de iluminación, Giotta les dice: “Chicos: la función es esta noche, así que inteligentes, sin hacernos daño y tomando consciencia”.

Ya frente a ese público que de inicio no terminaba de enterarse del umbral atravesado -y entre los que no faltó quien abandonara la sala apenas algunos bailarines se desnudaran momentáneamente-, los beats de Rone y la prodigiosa capacidad física del elenco bastarían para que el mensaje hallara destinatario.

Del horror por esa violencia cotidiana que cercena cada cuerpo al gozo estético de sus estampas barrocas ejecutadas casi en cámara lenta y, como gran cierre, el poderoso arrebato que brinda la posibilidad de reconstrucción a través del trabajo colectivo.

“(Mostraron) como un cambio de estructura, como una rebelión, como un enojo; porque que se enojaban contra alguien, y dije: ‘¿La sociedad o el sistema?’. En fin, como que eso logré captar en algunos de los momentos; y, en otros, pues una parte como muy libre de ser ellos y vivir su vida como ellos quisieran”, opinó Leonardo Martínez, psicoterapeuta originario de León, a la salida en el Auditorio del Estado.

“A mí, la verdad me gustó mucho; me impresionó el baile y cómo representa los problemas sociales que hay ahorita. Mucho la violencia, la violencia de género y entre las parejas, (.) cómo nos estamos destruyendo. Se está cayendo la sociedad, pero si todos cambiamos, el mundo cambia”, compartiría, por su parte, la señora Angélica Gómez, también oriunda de León.

Después del Teatro del Bosque Julio Castillo, donde Room with a View se presenta este sábado a las 19:00 horas y el domingo a las 18:00, la gira cerrará en el Teatro de la Ciudad, en Monterrey, el 29 y 30 de octubre. Una última oportunidad para atestiguar cómo este grupo de artistas jóvenes alumbra una constelación a partir de las heridas del mundo.