Nacimiento de una mamá

Ana & Lisa

Este fin de semana, como familia, vivimos la celebración de la vida con la llegada de un bebé justo en el marco del Día de las Madres. Este hermoso acontecimiento nos llevó, inevitablemente, a pensar sobre la profunda transformación a la que se enfrentan las mujeres cuando se convierten en madres por primera vez.

La llegada de un bebé en el mejor de los casos, cuando este embarazo es planeado y esperado puede resultar una experiencia llena de alegría. Sin embargo, aún en el panorama más romántico, las mujeres que dan vida prestan su identidad y su cuerpo para cubrir las necesidades de ese nuevo ser humano indefenso.

Para lograr esta proeza, las mujeres pasan por cambios hormonales muy importantes que, literalmente, revolucionan la química de su cerebro. Durante los nueve meses de gestación, los niveles de estrógenos y progesterona alcanzan los picos más altos que una mujer experimentará en toda su vida. Pero una vez que el bebé y la placenta nacen, estas hormonas caen en picada en cuestión de horas. A esta caída abrupta se suma la disminución de las endorfinas (las sustancias encargadas de hacernos sentir bienestar y reducir el dolor) y, frecuentemente, una baja en las hormonas de la glándula tiroides, lo que genera una sensación de fatiga extrema. Al mismo tiempo, el cerebro dispara altos niveles de oxitocina y prolactina para asegurar la lactancia y el vínculo amoroso, creando una verdadera montaña rusa química.

Dichas sustancias provocan, en una gran cantidad de casos, que las mujeres atraviesen por la llamada depresión posparto, que está muy lejos de ser una falta de amor hacia su hijo o una señal de debilidad. A menudo, imaginamos a una madre envuelta en un llanto incesante, pero la realidad es mucho más compleja y, a veces, silenciosa. La depresión posparto puede manifestarse como un enojo constante o una irritabilidad desbordante, que no son más que la señal de alarma de un profundo malestar interno. Otras veces, vemos a madres que parecen funcionar a la perfección en distintas esferas de su vida: cumplen con sus rutinas, se muestran alegres frente a las visitas o en redes sociales, pero en la soledad de la madrugada o en sus momentos más auténticos, se desmoronan atrapadas en la tristeza, la frustración y la culpa.

Es justo aquí donde la red de apoyo deja de ser una simple ayuda y se convierte en un salvavidas. Una mujer no puede, ni debe, transitar la maternidad en soledad. Nos gusta mucho la manera en que el reconocido pediatra y psicoanalista inglés, Donald Winnicott, explicaba esto a través de un concepto fundamental llamado holding (sostenimiento). Afirmaba que para que una madre pueda ofrecer ese holding físico y emocional a su bebé es decir, para que tenga la capacidad de abrazarlo, calmar su llanto, decodificar sus necesidades y contener sus angustias, ella misma necesita ser sostenida primero. Si la madre se encuentra contenida, cuidada y “sostenida” por el padre, por su pareja, o por un tercero que puede ser la familia extendida y los amigos, entonces podrá entregarse a su bebé con paz y seguridad. Ese nido de apoyo exterior es el que protege y nutre al nido interior que acaban de formar la madre y su recién nacido.

En estos días en los que celebramos la maternidad, valdría la pena recordar que el mejor regalo para una mujer que acaba de dar a luz no es solo la felicitación, sino la presencia empática. Preparar comida, cuidar al bebé para que ella pueda tomar una ducha o dormir un par de horas, y escuchar sus miedos o sus enojos sin juzgarla, son verdaderos actos de amor. Porque cuando nace un bebé, también nace una madre, y ambos merecen ser abrazados por su tribu.

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