Erika P. Bucio
Agencia Reforma
Ciudad de México 19 agosto 2025.- Hay muchos árboles en las zonas con fosas clandestinas que cubren el 75 por ciento del territorio del País. ¿Sería del todo imposible que los árboles ignoraran la violencia atroz con la que se han estado alimentando sus raíces?
Esa es una pregunta que Alma Delia Murillo (Ciudad Nezahualcóyotl, 1977) virtió en la novela Raíz que no desaparece (Alfaguara) donde aborda desde la ficción la tragedia de las 130 mil personas desaparecidas en México, después de acompañar a las madres en la búsqueda de sus hijos e hijas.
La propia realidad le puso delante la “metáfora perfecta”: cuando la icónica palmera de la glorieta de Paseo de la Reforma fue cortada y reemplazada por un primer ahuehuete, pronto empezaron a llegar los colectivos a manifestarse con las imágenes de sus familiares, el ahuehuete se murió.
Es una metáfora “doblemente incómoda”, tal como plantea la autora en el libro: un “ahuehuete moribundo que está rodeado de las imágenes de personas desaparecidas por las que el Estado mexicano no ha hecho nada”.
Recurrió a la ficción sobre todo para humanizar el tema, salirse de la estadística y del “entrenamiento alucinante que nos ha hecho consumir violencia sin que se nos mueva un pelo”. Esa pedagogía de la crueldad señalada por Rita Segato: vivir sin empatía frente al ejercicio de la violencia.
En la novela, Ada busca a su hijo Marcos, desaparecido. Está huérfana de hijo.
Cuando era niño, él le dejaba cartas antes de ir a la escuela, ahora él se le aparece en sueños para contarle a dónde se lo llevaron. Como muchas madres, Ada no quiere morirse sin encontrar antes a su hijo.
“La idea misma del árbol cristalizaba la posibilidad de que nosotros acompañemos esta tragedia desde lo vital. Nos aferramos mucho a la parte del relato oscuro. La necropolítica está haciendo pura necropolítica: conteo de víctimas, montos de ayuda, pero también hay una expresión vitalísima en la dignidad y la resistencia de estos colectivos”, expone Murillo en entrevista.
Empezó a rumiar la novela en noviembre de 2022, seis meses después de la aparición de La cabeza de mi padre sobre la búsqueda del padre ausente. Justo acababa de mudarse, veía asomar por el techo una jacaranda, más alta que su edificio. En una parte del tronco alcanzó a ver una oquedad que semejaba un ojo. Al verlo fijamente, una idea se le vino a la cabeza: “Todo lo que los árboles ven”.
Ahí empezó la idea de los árboles viendo la violencia. Se impuso como reto hacer que hablaran, pero no en un lenguaje humano sino botánico y vegetal. Al estar en zonas con fosas clandestinas, enferman de violencia. Cuando hay demasiados cuerpos en descomposición, hay un exceso de nitrógeno que afecta sus raíces. La necrosis celular.
Ada está convencida, porque así se lo ha dicho Marco en sueños, que su hijo está bajo un árbol enfermo. Eso la llevó en principio a la Glorieta de las y los desaparecidos donde conoce a una escritora, la narradora de la novela.
“Las madres buscadoras sueñan con absoluta nitidez y precisión las pistas para encontrar a sus hijos”, plantea. “No se niegan a la intuición de hacer caso de sus sueños, aunque difícilmente sea una prueba para un peritaje o expediente”.
Se remonta al caso de Sagrario, una chica de Ciudad Juárez, uno de los primeros feminicidios en volverse mediáticos. En sueños, le decía a su mamá quién era su asesino, cuando la señora lo contó a la fiscalía se rieron de ella. Con el tiempo, se confirmó la identidad del feminicida.
Ada asume las señales de sus sueños como una pista inequívoca para encontrar a su hijo: estaría enterrado en un árbol infectado por el hongo oscuro.
“No era un delirio, cinco mujeres de su colectivo tal y como soñaron los detalles del hallazgo de sus hijos, los encontraron”, narra el personaje de la escritora, indignada ante la incredulidad y burla de las autoridades.
“Ellas sueñan nombres de calles, zonas geográficas, o incluso reciben advertencias sobre personas de las que deben cuidarse, lo cual luego se confirma. Para ellas, estos sueños son valiosísimos, una forma de contactar con sus hijos desaparecidos”, refrenda Murillo.
Fue clara con las madres buscadoras desde el principio: era una escritora, no una periodista. Quería escribir una novela. Y quizás, al contar el relato desde otro lugar, la ficción, sería posible acercarse a más personas.
“La posibilidad del arte es que le habla de la emoción a la emoción”, argumenta. “Se necesita el relato. Por eso digo en algún momento, es darles a los muertos conservación a través de la conversación”.
Les pidió permiso para poner los nombres de sus familiares, un listado que aparece al final del libro. A las madres buscadoras también buscó humanizarlas. “Es perverso que esperemos que además sean beatificadas y perfectas”.
A partir de sus conversaciones con ellas construyó al personaje de Ada, quien como otras madres buscadoras, desarrolla Alzheimer. Ada a veces es seca, grosera y jetona, se bebe dos o tres Caribe Cooler’s al día y manda al carajo a la escritora.
Es una novela profundamente política, sin duda. Aunque Murillo evitó señalar a algún partido o autoridad para no caer en el vicio de los mexicanos: todo es en contra de un partido político u otro. “Esto trasciende a los partidos políticos”, ataja.
Por eso, en la novela hay “una fiscalía”, el “licenciado” que a todas luces representa a la clase política.
Y sin embargo, en redes sociales, ya hubo quien tildó a la novela como el “nuevo best seller de la derecha mexicana”. Justo lo que Murillo quería evitar: “¡Qué pena, carajo!”.
A pesar de que al final del libro es muy crítica de los sexenios del panista Felipe Calderón, el priista Enrique Peña Nieto y el morenista Andrés Manuel López Obrador por la cantidad de desaparecidos durante sus mandatos: 100 mil de los 130 mil totales en los últimos 18 años, los “más vergonzosos y brutales”.
“Es 2025 y en este país desaparece cada 45 minutos una persona. Eso empezó hace 50 años y se agudizó en los últimos 18”, dice al referirse a la Guerra sucia de los años 70 y cuando empezó a operar el Mayo Zambada, bajo la mirada complaciente de las autoridades.
Hace 50 años había dos cárteles de la droga y hoy son 18.
“Esto no es partidista, lleva muchos años. Pero sí lo es en el sentido de que todos los partidos han sido insuficientes y omisos, por lo menos, y negligentes. No quiero decir cómplices, pero estoy a punto”, dice.
Pero, refiere, ya andan los partidos “mosqueando” a los colectivos. Murillo fue testigo de los intentos del PAN y Morena por llevarlas en sus camionetas por separado.
Fue testigo también de cómo eran llevadas solo para que la Comisión Nacional de Búsqueda palomeara un formulario.
“Significa seguir haciendo necropolítica que es, además de dar datos, poner una CNB, dar montos de ayuda y ahora empezar ellos (los partidos) a abanderar la causa. Es la simulación retratada”, truena la autora
“¿Qué clase de necropolítica es esta? El Estado mexicano se limita a administrar la violencia”, denuncia en el libro. Una novela que comienza arrojando una realidad dolorosa a la cara: “Esto no es verdadero, pero es verdad”.
Murillo tendrá una reunión a puerta cerrada en el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez con los colectivos de búsqueda este miércoles para regalarles la novela y conversar con ellos.
Toma nota
Qué: Presentación de Raíz que no desaparece.
Quién: De Alma Delia Murillo, acompañada de Nayeli García, Jacobo Dayán y Marcela Turati.
Cuándo: 30 de agosto, a las 18:00 horas.
Dónde: Librería Rosario Castellanos del FCE, ubicada en Tamaulipas 202, Col. Condesa.
Cuánto: Entrada libre.
















