Pisa y Corre

A veces no nos queda más que la poesía, y eso significa que nos queda todo. Después del cuerpo, y dentro del mismo, la poesía nos habla con el eco de las olas. Abrazar esa voz nos acerca a la soledad del primer día, y también al último, con todo lo vivido y lo que resta por vivir. La poesía es ese recuerdo de lo amado, esa presencia innegable de todos y de todo lo que nos construyó tan alto que no creíamos en su posible derrumbe. Podemos perder todo, pero esa pérdida nos deja la poesía: testimonio y testamento. ¿Quién no ha sido feliz o infeliz en esta vida? El que no, se ha perdido uno de los dos sentidos de la misma, pues llegamos a experimentar el dolor y la felicidad con intensidad equivalente. Por eso, al final de algo o de alguien, no es la muerte lo que nos toma entre sus manos, sino la poesía. Ella ha estado ahí desde el principio, como una sombra del espíritu, como una gentil compañera que nos dice que nada es para tanto y tampoco para siempre. Incluso para los analfabetas del corazón, esos que no saben leer sus emociones o, peor aún, las de los otros, la poesía siempre ha estado allí, porque la perciben, la aman, la temen, la deploran o la odian. Nadie es indiferente a ella, porque la risa, los suspiros, la nostalgia, la alegría, son versos de todos conocidos. Esa, para los que no lo saben, es la poesía. Amado, desamado o amoroso, cada individuo sobre la tierra ha nacido con una parte hecha de metáforas. Cuando no haya nadie, cuando el silencio de lo humano sea absoluto, quedará esa luz en la memoria de la sombra, y Dios despertará de pronto, quizá para inventarnos nuevamente, con ese libre albedrío que nos ha dado su poesía y nuestros poemas.

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El Mañana San Luis

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