De la tradicional visita de los siete altares que la iglesia católica propició para incrementar la fe de sus creyentes se desprendió, por oposición mística, la visita de los siete bares: espejo oscuro de la sobria virtud de portarse bien. Oxímoron potosino, diría el poeta Didier Armas.
Justamente de manera aleatoria y yuxtapuesta se veían ayer las largas filas afuera de las cantinas en ligera proporción mayor a las que se formaban en los templos. Sin embargo, el ser humano ignora su naturaleza divina tanto como acepta la demoníaca, y ese contraste es el que nos advierte de cuánto somos capaces de hacer el bien como de actuar mal, y he ahí el meollo del asunto o vector conductor de la justicia y la injusticia.
Sí usted, amable lector, visitó los altares o los bares, de cualquier forma espero lo haya hecho a modo de purificación, pues todo ritual debe ser motivado para exorcizar los demonios que nos atormentan y con los cuales fustigamos el espíritu o la vida de los demás. Igual y se encontró con historia cultural aunque no la haya buscado.
También de penosa forma equivalente ambos recintos son sagrados para mi, pues he tenido la oportunidad de encontrar amistades y ocasiones de alivio al amparo del perfecto santísimo y el demasiado humano barman. Y no es burla: hay sacerdotes que son como cantineros, y sirvecopas que son como misioneros de una fe incuestionable: el que no sepa curar el cuerpo y el espíritu, no sirve para este oficio de ser feliz.
Así que la siguiente semana lo espero en este espacio, deseando para Usted y los suyos una feliz salvación espiritual.
















