Es terrible cuando una columna comienza a parecer más bien un obituario, aunque tal vez ese sea el destino de toda columna que busque tocar las fibras de lo emocional, como este pisa y corre.
Adrián Delgadillo, un extraordinario artista, ha cumplido su destino final. Y eso duele porque su capacidad creativa todavía daba para muchas obras de arte más, a la par de lo que significan los seres amados para quienes se quedan a hollar la tierra.
Dicen que el mundo se va acabando de tres en tres. Ahora van cuatro, y los que faltan. Por eso hoy hago un llamado a percibir este viernes como si fuese nuestro último wknd existencial y a hacer del mismo el lienzo de nuestra colorida vocación de ser felices a pesar del dolor que la realidad inflige. Andemos las calles bajo el sol y sobre la luna y busquemos en nuestra sombra la persecución de uno mismo, como era en aquella infancia donde lo más lejano de nosotros era la muerte.
Ahí andará el espíritu de Adrián, lo sé, en alguna galería, como el de Rafael Luna, o el de Jesús Ramos y Armando Belmontes. Todos genios. Todos entrañables. Todos necesarios.
Tal vez para aquellos otros no tuve la paciencia que hoy me sienta a escribir para dedicar estas palabras a modo de oración por su sagrada locura; pero cómo quisiera que me escucharan decir todo esto a modo de reclamo, hijos de su libre albedrío.
Por eso, para los otros amigos artistas visuales, exijo larga vida. No se mueran, genios, porque el mundo es un paisaje inmenso de inagotable belleza que necesita verse reflejado en el espejo de su arte. No se mueran, cabronas y cabrones. Quédense vivos durante mucho tiempo, el suficiente como para pintar el Apocalipsis que se nos avecina. El necesario para darnos otro abrazo, y otro, y uno más.
Ya luego de eso, que nos cargue a todos el temible y al mismo tiempo risible y folclórico payaso de colores que es la vida. Y sí, así lo digo, porque hablemos algunos que ya somos inmortales aunque se nos agote el aliento para siempre.
¡Salud!















