Dante Virgilio
La juventud, ese divino tesoro que se va para no volver, anuncia su salida con jarabes para la tos, antibióticos, pastillas para dolor y una retahíla de medicamentos para la gastritis; o bien con niveles elevados de presión sanguínea, molestias al ir al baño, cortisol y triglicéridos elevados, ligeros picos de azúcar en la sangre y eventuales vaguidos sin sustancia peligrosa de por medio.
Si fuiste cuidadoso de tu salud, hábitos y conductas, a lo mucho sentirás nostalgia y un ligero dolor de rodillas al escalar un cerro. Contrario sensu, si la experiencia del vivir se enfocó en la autodestrucción masiva llamada “fiesta” hay que temer lo mejor de lo peor: no poderse desvelar un fin de semana porque para recuperarse se necesitan tres días y un permiso laboral.
Hay quienes dicen sentirse al cien pasando el tostón, y son realmente afortunados porque ese entusiasmo es una medicina espiritual. Yo los llamo “Soldados del Estoicismo” porque admiro su capacidad para luchar contra los malestares del envejecimiento merced a sus entrenamientos diarios, alimentación adecuada y horarios estrictos de sueño, además del uso de cremitas y suplementos vitamínicos.
En ellos observo que la felicidad no proviene de las relaciones tóxicas con las personas, las drogas y el alcohol, sino de la definición de una vida bien vivida en términos de constante corrección de sí mismos. Y a eso que muchas de estas personas reflejan le llamo amor; siempre y cuando no se pongan a dar sermones y vivan cien años y no mueran de un cáncer, un paro cardiaco o una caída.
En fin que este pisa y corre de la vida que en algunos casos fue para robar bases y besos, en otros fue para anotar carrera después de las 9 entradas sin hit ni carrera. Yo, en mi caso, me conformo con haber bateado un par de jonrones con nombre y apellido, con mucha poesía (de ahí mi nombre) y con ganas de narrar mis aventuras de Big Fish cuando me toque saltar hacia mi lecho de muerte.
A ver si hay alguien que tenga tiempo, paciencia y deseo para escucharlas, así sea mientras me coloca una sonda, me cambia el pañal y me dice con una compasiva voz: —Ay, don Dante Virgilio: eso pasa por andar de loco por la vida, entrando a los infiernos por buscar a su Beatriz. Lo bueno es que la pasó muy bien, hizo de todo y no se arrepiente de nada, ¿verdad? ¿O prefiere que le administren los Santos Óleos?
Es cierto, lectoras y lectores: la gripe masculina se siente como la muerte.















