Dante Virgilio
En la escuela primaria Francisco I. Madero tuve un compañero de banca que siempre sacaba diez. Dentro del contexto socio-económico-cultural de una escuela de turno vespertino ubicada en una periferia popular cercana a los patios del ferrocarril eso era motivo de admiración y, además, una veta de premoniciones de un futuro más que prometedor: “Miguelito será abogado, médico, arquitecto, magistrado, astronauta, gobernador, presidente o, mínimo, un artista famoso”.
Miguelito tenía todas las de ganar: unos padres que se esforzaban por darle de comer, unos hermanos protectores y un compañero de banca que siempre lo alentaba y aplaudía cada vez que su inteligencia sublime apuntaba al blanco de la respuesta de forma tan precisa que atinaba sin temblar al diez. Que si las matemáticas, diez; que si la gramática, diez; que si la historia, diez. Su capacidad de sacar dieces sólo era comparable a la mía de esgrimir pretextos por mis seises.
Después de la primaria no supe nada más de Miguelito; hasta hoy que lo encontré disfrutando de un paseo por la Plaza de Armas de esta ciudad. Él fue quien me reconoció y me hizo reconocerlo a él. De su mano pendía un nieto cuyos lentes y actitud curiosa me llevaron a la comparación entre ambos. Miguelito destacó su notoria inteligencia, su hábito de obtener diez en cada asignatura, tal como lo hicieron su padre y su abuelo. Un largo linaje de notorias inteligencias.
Al conversar con Miguelito el viejo noté que seguía siendo Miguelito el niño, salvo por las arrugas y las canas: tenía los datos precisos de todo tema y confesó que nunca había dejado de aprender. Le dije que escribiría acerca de él y me respondió que sería un honor; sobre todo si replicaba estas palabras suyas: “No fui lo que los demás esperaban, porque decidí ser feliz. Sin tener riquezas, pude prodigar favores. Me alegra seguir existiendo, pero me entristece que haya menos niños”.
Hoy Miguelito es maestro de primaria porque sus personajes más admirados fueron sus maestros, “Incluido tú, de quien aprendí a disfrutar de la vida sin importar si sacas dieces o seises”, dice. Y soy yo quien siente que he aprendido la lección.
















