El arte de concentrarse consiste en hacer a un lado aquello que por el momento no resulta útil, urgente o necesario para cumplir una misión o una tarea fundamental.
Concentrarse requiere de poseer una mirada fija en un objetivo, bajo la guía del pensamiento razonado, para alcanzar una meta que puede ser trascendente o intrascendente, pero tiene prioridad.
Quien se concentra obra milagros, o provoca desastres, porque dicho arte no necesariamente es virtuoso, y puede ser tan destructivo como creativo. Hay quienes se concentran en hacer el mal, en desear lo ajeno, o en violentar los principios esenciales de la naturaleza.
Por eso, cuando la concentración te encuentre, deseo que sea libre de temores, rencores, envidias, soberbia o descuidos lamentables, como no bajarle al baño después de usarlo y que tu pareja te envíe una foto como evidencia de que tus pensamientos estaban tan elevados que se separaron de tu condición humana.
Deseo que tu concentración sea una cualidad creativa y, en la medida de lo posible, también positiva y hasta perfeccionista. Que cada paso tuyo sea tan preciso como precioso para que la vida se convierta en una danza, tengas la capacidad de renovar tu espíritu o, al menos y quizá mejor, que te permita escapar de la guerra de tu peor momento.
Para darse a una tarea espiritual, así como meramente material, hay que tener la mente despejada de nubes y, de preferencia, lejos del teléfono celular.
Hay que ser como un niño que se hace responsable de su juego, del único triunfo de la vida que es ser feliz amando cuanto se hace, porque es en esta ocasión y no en la siguiente que podemos aprender fallando, o dar en el blanco aunque divertirse era lo único importante, urgente, necesario, fundamental.













