- Culmina la celebración patronal con la tradicional quema de un castillo.
Staff/EL MAÑANA
HUEHUETLÁN
Este municipio amaneció en modo fiesta y anoche lo confirmó: las calles vibraron, las plazas se llenaron y el ánimo del pueblo subió como espuma con las celebraciones en honor a San Diego de Alcalá. Desde temprano se notaba que algo grande venía, pero nadie imaginó que el ritmo terminaría retumbando hasta en las lomas. La culpa —o el mérito— fue de Tropical Panamá, que con sus primeros acordes desató la estampida al baile. Luego llegaron Hugo Ruiz y Jet-ly y sus teclados para terminar de poner la pista patas arriba.
Los pasos se mezclaban entre risas, niñas intentando imitar a los grandes, señores recordando sus mejores épocas y doñas que no dejaron pasar el “pasito del bebé”, como si fuese tradición obligada. Cada canción era recibida con gritos, celulares grabando y un montón de energía que parecía no acabarse. Era imposible no dejarse llevar: el aire olía a fiesta, a antojitos y a tradición viva.

Cuando por fin cayó la noche, la emoción todavía tenía cuerda. Y entonces llegó el momento más esperado: la quema del castillo. Luces, chispas, explosiones de color y ese silencio colectivo de dos segundos antes de que todos soltaran el “¡ahhhh!”. Fue el cierre perfecto para una jornada que combinó fe, música y una comunidad que sabe celebrar como pocas.
Entre despedidas, promesas de “el próximo año bailo más” y gente que todavía tarareaba cumbias, Huehuetlán demostró que sus fiestas patronales no son sólo un evento: son una experiencia que se queda en la memoria y en los pies cansados.
















