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Ciudad De México 4 septiembre 2026.- En ‘El dios hambriento’, Enrique Serna narra el ascenso del poder mexica; habla de los paralelismos con el terror criminal del presente.
Mientras escribía El dios hambriento (Alfaguara), su novela sobre el ascenso del poder mexica en el siglo 15, tenía muy presente el México contemporáneo, con la expansión de la impunidad y la violencia extrema de los últimos 20 años.
En entrevista, Serna admite ver resucitar algunos de los “peores aspectos” de la herencia prehispánica con el culto de la Santa Muerte y el canibalismo criminal como mecanismos de terror.
El escritor recuerda lo ocurrido en Teuchitlán, Jalisco, donde, según su relato, a los reclutas los obligaban a combatir entre sí y a los ganadores los forzaban a comerse a los muertos. El caso remite al Rancho Izaguirre, el predio que las autoridades vincularon con el Cártel Jalisco Nueva Generación y con el reclutamiento y adiestramiento de jóvenes.
“Tenemos esa herencia que, yo creo, se queda por ahí en el inconsciente colectivo, y cuando los criminales quieren aterrorizar recurren a esto porque es la manera de que los vean como a los antiguos guerreros mexicas”, plantea.
Uno de los paralelismos más crudos con el imperio mexica que el novelista describe es el ascenso social a través de la violencia. En la época prehispánica, destacarse como guerrero y capturar prisioneros para ser sacrificados era la única vía de ascenso social para los macehuales, es decir, la gente común.
Una realidad que hoy se replica en los jóvenes que, ante la falta de oportunidades, son reclutados por las filas del crimen organizado.
“Es gravísimo que, al margen de quien gobierne en México, se haya creado una sociedad en donde la única vía de ascenso social, rápida sobre todo, sea esa”, deplora.
Sin embargo, aquel mundo le parece mejor que el actual en otros aspectos, como la organización social y el respeto a las leyes.
“Quizás porque era un régimen teocrático muy autoritario, pero nadie podía infringir una ley. No había corrupción política”, contrasta.
Ninguna de sus novelas históricas anteriores le demandó tanta investigación, ya sea El seductor de la patria, sobre la figura de Antonio López de Santa Anna, o Ángeles del abismo, ambientada en el periodo virreinal. Empezó prácticamente desde cero e incluso estudió náhuatl, aunque los poemas de la época los leyó en las traducciones de Miguel León-Portilla y del padre Ángel María Garibay.
El dios hambriento se sitúa en el Año 3 Conejo o 1430, cuando los mexicas, aliados con los acolhuas, derrotan a los tecpanecas. Pero el naciente imperio se ve amenazado por la rivalidad entre el estratega mexica Tlacaélel, a quien el pueblo considera portavoz de Huitzilopochtli, y Nezahualcóyotl, el jefe del ejército acolhua y merecedor de la confianza del rey Itzcóatl.
El origen de la novela está en un episodio que despertó la curiosidad de Serna: “la inmerecida y paradójica humillación” a la que fue sometido Nezahualcóyotl al ser obligado a fingir una derrota para que los mexicas aparecieran como vencedores.
Tlacaélel y Nezahualcóyotl representan dos maneras casi opuestas de gobernar.
Tlacaélel es retratado como el político perverso que entiende a la perfección los mecanismos del miedo y el espectáculo para sostener el poder. Logra que el pueblo lo considere portavoz de Huitzilopochtli y lo vea casi como un semidiós.
Personajes complejos
Serna describe el imperio mexica como una teocracia militarista regida por el dogma de que los guerreros debían capturar y sacrificar prisioneros para mantener el movimiento del Sol.
Tlacaélel mandó quemar los códices antiguos, hecho histórico consignado por Serna en la novela, y el escritor pone en boca del gobernante mexica: “Los vencedores tenemos el privilegio de reinventar el pasado”.
Con su habitual humor negro, Serna describe a Tlacaélel como un “gourmet de la carne humana” que discute con otros comensales, en un banquete caníbal, cuál es la mejor manera de prepararla, hasta concluir que es “la nalga de mujer asada (…) doradita y crujiente”.
Nezahualcóyotl, a su vez, tampoco renuncia al poder y aprende a moverse dentro de la corte de Itzcóatl. Texcoco, refiere, era una ciudad culta pero subordinada a Tenochtitlan en el terreno político y militar.
Frente a la visión idílica y casi perfecta que se ha transmitido históricamente de Nezahualcóyotl, promovida inicialmente por su tataranieto Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, que trató de mostrarlo como un “compendio de todas las virtudes”, Serna propone un personaje mucho más humano y complejo.
“En la novela narro el tránsito del idealismo al pragmatismo, que lo obliga a claudicar hasta cierto punto de muchos de sus ideales. Digamos que es un proceso de envilecimiento”, explica.
Ambiciosos y perversos
El poder ha sido una obsesión en la narrativa de Serna.
“Tal vez porque es algo muy ajeno a mi personalidad”, confiesa. “Yo nunca he podido ser ni siquiera ejercer autoridad”.
Recuerda que, cuando intentó dar clases en una preparatoria, renunció a las tres semanas porque no logró controlar a los estudiantes ni por las buenas ni por las malas.
“Tal vez por eso le tengo cierta admiración a los que sí logran imponer su autoridad”, añade.
Suele escribir sobre hombres devorados por la ambición, como Antonio López de Santa Anna o el periodista Carlos Denegri. Detrás de esas figuras operan pasiones humanas como la vanidad, el miedo y el resentimiento.
Como autor, busca lograr el mayor grado de compenetración emocional con sus personajes, incluso con los perversos.
Tampoco cree en las “edades de oro” históricas ni le interesa novelar “vidas ejemplares”.
En su lugar, argumenta, busca la verosimilitud en la reconstrucción del pasado, pero se permite ciertas libertades creativas frente al rigor de los hechos históricos para no verse limitado por los caminos estrechos de la historia.
Introduce a los personajes ficticios de Chimalma, hermana de Nezahualcóyotl, y a la nahuala Quilaztli para contrarrestar el “machismo recalcitrante” y la “egolatría masculina” que, dice, predominaban en todos los órdenes de la existencia y en los rituales del poder.
Chimalma sirve a la vez como contrapeso político para su hermano. Ella se da cuenta de que Nezahualcóyotl es demasiado temperamental para tener éxito en la política.
Como escribe en el epílogo: “La historia del México antiguo es un campo fértil para las conjeturas novelescas, pues contiene muchos enigmas sin respuesta”. Enigmas que Serna escudriña con la imaginación del novelista.
Tras varios años de investigación que lo obligaron a partir de cero, el escritor da por cerrada su incursión en el mundo prehispánico.
“Ya me retiro”, dice. “Ya no quiero regresar”.














