El Separador
Mi afición por el cine no inició en una sala sino en una peluquería de San Marcos alguna Semana Santa. Aprovechábamos para cortarnos el pelo a navaja, frente al televisor blanco y negro y una tela anudada al cuello. Junto a la foto de Olga Breeskin descansaban en la pared banderines del Club Deportivo Unión de Curtidores de León. Los peluqueros afilaban las navajas sin mirarlas con una tira de cuero y calladitos, como ensayando para los Oficios, Felipe y yo nos aventábamos Marcelino Pan y Vino.
Expósito en un convento franciscano, un españolito convivía con su amigo imaginario Manuel y una bola de frailes. En un momento de lúcida desobediencia sube al tapanco al que tenía prohibidísimo acceder y contacta con ese personaje clavado en la cruz que luego de varios días de visita cobra vida. El niño lo llena de pan y preguntas; el Cristo de espaldas resuelve en 90 minutos las tribulaciones de Fray Papilla, Fray Malo y al día de hoy, las mías.
La España del franquismo llamaba casas de expósitos a los orfanatos de menores abandonados. Los años del hambre muchos Marcelinos fueron hijos del Estado católico y contrarrevolucionario y 25 años después, sus heridas y las que a todos nos dejó el crucificado se congregaban en un salón para recordar -puntualmente Felipe- a la madre.
No hay forma de que a uno “no lo mueva mi Dios para quererte el Cielo que me tiene prometido” la mirada brillante de Pablito Calvo, alicantino de siete años y cuello largo; que descalzo, desprolijo y expuesto, en esta película del 55 nos expone a todos.
Aguascalientes la tierra de mi padre es mi matiz más religioso; en la Procesión del Silencio encuentro la revelación.
Suelo ver la cinta de Ladislao Vajda por estas fechas, pa recordar a Felipe, la búsqueda de su madre y el ardorcito en la nuca por el alcohol del 96 que también nos sacaba lagrimitas.
“Vengo de hablarles de ti papá, de ti Señor mío y también de ti, Marcelino.”
















