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Agencia Reforma
Monterrey, NL 27 junio 2026 .-Entre las voces poéticas de la posguerra en lengua alemana destaca la de la austríaca Ingeborg Bachmann (1926-1973), cuyo centenario se conmemoró el pasado 25 de junio.
Más allá de reivindicar la identidad y la independencia femenina, su obra, de una profunda carga filosófica, se une a la tarea de “limpiar” y revitalizar un lenguaje que se había manchado con el discurso nazi.
Bachmann se incorporó al legendario “Grupo 47” en 1952, colectivo de escritores y críticos alemanes y austríacos que, fundado en 1947 por Hans Werner Richter, marcó el rumbo de la literatura alemana de posguerra y contribuyó al surgimiento de figuras tan notorias como los premios Nobel Günter Grass y Heinrich Böll, además del también poeta Hans Magnus Enzensberger, entre otros.
Muchos de quienes integrarían el Grupo 47 habían leído a Stefan Zweig -en algunos casos incluso de manera clandestina durante los años más oscuros del nazismo-, aunque, a diferencia del humanismo nostálgico del autor austríaco, el grupo optó por un realismo más crudo, una crítica social directa y el enfrentamiento con las culpas de la guerra.
Los dos primeros poemarios que dieron a conocer a Ingeborg Bachmann fueron “El tiempo postergado” (Die gestundete Zeit, 1953) e “Invocación de la Osa Mayor” (Anrufung des Grossen Bären, 1956).
También su vida íntima estuvo profundamente ligada al mundo literario; sus relaciones con el escritor suizo Max Frisch (1911-1991), pero sobre todo con el poeta Paul Celan (1920-1970), marcarían su existencia.
En 1964 Ingeborg Bachmann recibió el prestigioso Premio Georg Büchner. Para 1968 escribió su emblemático poema “Nada de delicatesen” (“Keine Delikatessen”), con el cual marcó su despedida del impulso lírico para volcarse por completo a la narrativa y a la exploración de las estructuras de poder masculino. Ese mismo año fue galardonada con el Gran Premio Estatal Austriaco de Literatura.
Finalmente, en 1971 publicó “Malina”, su primera y única novela, la cual prefiguraba un proyecto narrativo mucho más amplio que quedó inconcluso tras su muerte en Roma, en 1973, a los 47 años.
La poesía de Bachmann se despliega en dos vertientes: por un lado, aparecen poemas de tono filosófico, directos, sin concesiones; por otro, versos más íntimos, con un aire de ensueño y cargados de imágenes líricas, visiones de un mundo que parece escaparse de la realidad.
Comparto primero dos poemas representativos de ese estilo directo, de tono meditativo, cuestionador y aforístico; las traducciones son del poeta mexicano Marco Antonio Campos:
HERMANDAD
Todo es abrir heridas
y nadie ha perdonado a nadie.
Herido como tú e hiriendo,
viví hacia ti.
El puro, el contacto espiritual,
en cada contacto aumentado,
lo experimentamos envejeciendo,
vuelto en el más frío callar.
DISTANCIAMIENTO
En los árboles ya no puedo ver los árboles.
Las ramas no tienen hojas para sostener en el viento.
Los frutos son dulces pero sin amor.
Ni siquiera sacian.
¿Y qué va a ser ahora?
Ante mis ojos el bosque huye,
ante mis ojos los pájaros cierran el pico,
ningún prado de lecho hay para mí.
Estoy saciada ante el tiempo
y hambrienta de él.
¿Y qué va a ser ahora?
De noche, en las montañas, quemarán los fuegos.
¿Debo emprender la marcha y aproximarme de nuevo a todo?
Ya en ningún camino puedo ver ningún camino.
Para cerrar este apunte en homenaje a Ingeborg Bachmann, comparto algunos otros de sus poemas; éstos poseen un registro más lírico, más impredecible, aunque no menos emotivo.
Las traducciones son de David Hidalgo, amigo, estudiante de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León y, además, estudioso de la lengua y la poesía alemanas.
LA TORMENTA DE LAS ROSAS
¿Hacia dónde iremos en la tormenta de las rosas?
Las espinas iluminan la noche y el crujir
de hojas, que sin ruido permanecía entre los arbustos,
ahora sigue nuestros pasos.
UNA ESPECIE DE PÉRDIDA
Usos en común: estaciones del año, libros y una
música.
Las llaves, las tazas de té, la cesta con pan, las sábanas
y una cama.
Un ajuar de palabras, de gestos, traídos,
usados, gastados.
Un reglamento doméstico observado. Dicho. Hecho. Y la mano
siempre servida.
Del invierno, de un septeto vienés y del verano
me he enamorado.
De los mapas, de un nido en la montaña, de una playa y de
una cama.
Con fechas un culto he hecho, promesas he
declarado irrevocables,
he adorado un algo y he sido devota a
una nada
(- del periódico doblado, de las cenizas frías, del papel
con un apunte),
sin temor ante la religión, pues la iglesia era esta
cama.
De la vista del lago salió afuera mi inagotable
pintura.
Desde el balcón había que saludar al pueblo,
mis vecinos.
Junto a la chimenea, en seguridad, tuvo mi cabello
su color más intenso.
El timbre de la puerta era la alarma para mi
alegría.
No te he perdido a ti,
sino al mundo.
Aún temo atarte con el hilo de mis alientos,
con las banderas azules de los sueños;
alumbra los portones nebulosos
de mi oscuro castillo, para que me encuentres
Aún temo privarte de los días brillantes,
del río solar del tiempo, dorada vertiente,
cuando sobre el terrible rostro de la luna
mi corazón eleve plateada espuma.
¡Voltea arriba, no me mires!
Las banderas caen y las antorchas se consumen
y la luna dibuja su órbita.
¡Es tiempo, ven y sostenme, sagrado delirio!
RUEDA
Rueda: el amor a veces se retiene
en el apagar de los ojos,
y lo vemos dentro
de sus apagados ojos.
El humo frío del cráter
sopla en nuestras pestañas;
detiene el horrible vacío
del aliento solo un momento.
Hemos visto los ojos muertos
y nunca los olvidamos.
El amor es lo que más dura
y nunca nos reconoce.
*El autor es escritor.















