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Agencia Reforma
Ciudad de México 29 agosto 2026.- Una cabeza olmeca atrajo la mirada de la polaca Sarah Kuzmicz cuando era niña, al punto de arrancar la hoja de la revista que reproducía la colosal escultura mesoamericana, junto con un poema de Efraín Huerta.
La arrancó para unirla a su vida: todavía la conserva. Aún más: cifra en esa imagen el inicio de su obsesión por la cara, relata en entrevista la pintora, quien presenta en la Casa Universitaria del Libro (Casul) la muestra Antes de que el mundo fuera hecho, teníamos un rostro.
Se trata de 26 rostros en carboncillo y pintura sobre papel, sin liga a personajes reconocibles, pero sí a emociones universales.
“Me interesan diferentes expresiones de la condición humana, como la espera, la angustia, el dolor o el sufrimiento: ¿Cómo nos enfrentamos a las cosas oscuras? El arte tiene que hurgar allí donde no encontramos respuestas de la ciencia o de lo racional”, afirma.
Kuzmicz, también traductora y crítica de arte, traza rostros inacabados, para que el espectador los complete a partir de su propia historia.
“A veces son tan ambiguos que no se sabe si es hombre o mujer; hay que jugar tanto con el ritmo, como con la materia para transgredir cierta realidad que el rostro nos impone”, explica la artista reacia a la pintura narrativa.
“Un pintor no puede ser narrativo, es casi la muerte de la pintura. Necesitas expresar con los medios autónomos que tiene la pintura”, subraya.
Si bien Kuzmicz no retrata a nadie en particular, estos rostros abrevan de múltiples referencias.
“Los pintores tenemos una mirada muy voraz. Casi, como decía Gauguin, una mirada en celo, insaciable.
“Cuando caminamos por el mundo debemos tener cuidado para no mirar de manera realmente obsesiva los rostros, pero miramos todo: una mancha, un sombrero, cualquier cosa”, apunta Kuzmicz, originaria de Cracovia, donde creció con una familia de artistas que le descubrieron no solo la cabeza olmeca, sino la cultura latinoamericana y mexicana.
La cultura de México era popular en Polonia durante las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado, recuerda. Las culturas prehispánicas, la pintura de los muralistas o la arquitectura del Pritzker mexicano Luis Barragán se difundían entonces en su país y dejaron en ella un influjo perdurable.
“Todo ese lenguaje abstracto, esa síntesis, esa expresividad increíble que tiene el arte prehispánico, esa obsesión también por el color, por el ritmo, todo esto que se aleja de ese naturalismo que en cierto momento en el arte europeo fue demasiado lejos con el academicismo –y las vanguardias tuvieron que volver a ese lenguaje autónomo–, todo esto es una fuente de inspiración muy importante”, reconoce.
Antes de exhibirse, estos rostros permanecían en un cajón, hasta que reclamaron asomarse al mundo.
“Hacía muchos dibujos, pero terminaban en el cajón, porque el dibujo tiene esa doble naturaleza: puede ser un ensayo, un garabato, una idea, un ejercicio puede ser varias cosas entre lo intelectual, lo matérico y lo intuitivo, pero no siempre tiene vida propia; los dibujos no siempre son lo suficientemente buenos o expresivos para poder vivir. En cierto momento comencé a darme cuenta de que algunos sí lo eran”.
La exposición Antes de que el mundo fuera hecho, teníamos un rostro, que remite a un verso de William Butler Yeats, se exhibe en el espacio universitario ubicado en Orizaba 24, colonia Roma.
Toma nota
Qué: Antes de que el mundo fuera hecho, teníamos un rostro
Quién: visita guiada de la exposición con la artista Sarah Kuzmicz y Guadalupe Alonso, directora de la Casul
Dónde: Casa Universitaria del Libro (Orizaba 24, Roma).
Cuándo: hoy, 11:30 horas.
Entrada libre















