ROCHA MOYA… SIN AURA

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Cesar Cedillo

Rubén Rocha Moya protagoniza una de esas escenas que retratan con crudeza la fragilidad del poder político: volvió a la gubernatura de Sinaloa después de 112 días de licencia y, apenas 34 horas después, volvió a pedir licencia. Difícil imaginar una demostración más contundente de que algo se rompió detrás de las puertas del poder.

El gobernador con licencia, de 77 años de edad y originario del polémico municipio de Badiraguato, regresó proclamando que las investigaciones de las autoridades mexicanas no habían encontrado elementos para acreditar responsabilidad penal. Pero una cosa es sentirse absuelto y otra muy distinta contar con el respaldo político suficiente para desafiar la tormenta que se le avecina. Morena se deslindó de su regreso y desde el Congreso surgieron voces para pedirle que reconsiderara su postura.

Y entonces apareció la palabra que suele ser mortal para cualquier político: aislamiento.

Sobre Rocha Moya pesan acusaciones de fiscales estadounidenses relacionadas con presuntos vínculos con organizaciones ilícitas, señalamientos que él rechaza y califica de políticos. La dimensión del problema resulta evidente: Washington elevó el caso a un nivel que difícilmente puede resolverse con discursos cargados de demagogia barata. Mientras la presión estadounidense crece, el margen de maniobra del gobernador sinaloense se reduce.

Pero quizá el golpe más severo no vino de Washington. Vino de su propia casa.

Porque cuando el partido que te llevó al poder (MORENA) se distancia de una decisión tuya, cuando la Presidencia marca que los intereses personales jamás deben estar por encima del pueblo y cuando, después de tu espectacular regreso, la propia Claudia Sheinbaum Pardo sentencia que tu nueva licencia “es lo mejor para Sinaloa”, el mensaje político resulta total, completa y absolutamente demoledor.

Rubén Rocha Moya quiso regresar para demostrar que seguía teniendo el control. Terminó demostrando que el control podía estar en otra parte. Quiso exhibir una fortaleza que es inexistente a todas luces y acabó protagonizando un vergonzoso repliegue. Quiso convertir su regreso en una reivindicación y terminó convirtiéndolo en una radiografía de su soledad política.

A estas alturas, el verdadero expediente ya no es solamente jurídico. Es político: ¿quién permanece a su lado cuando el costo de hacerlo comienza a ser demasiado alto?

Rubén Rocha Moya, el orgulloso oriundo de Badiraguato, parece haberse quedado sin respaldo… sin partido… sin aura.

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