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Staff / El Mañana
La famosa española armó tremendo alboroto en Nueva York al confesarle a Jimmy Fallon que ni yendo “guapa para Dios” la dejaron entrar al recinto sagrado.
Cuando todos pensábamos que la Rosalía andaba nadando solo en billetes, glamour y pasarelas europeas, la mismísima “Motomami” nos salió con una anécdota digna de comedia de enredos. En su más reciente visita al programa nocturno de Jimmy Fallon, la intérprete dejó con el ojo cuadrado a más de uno al soltar la sopa sobre el día en que conoció el rechazo terrenal en su máxima expresión: ¡la mandaron por un tubo en plena iglesia!
Todo comenzó muy tranquilito, según platicó la española entre risas. Con eso de que le sobra tiempo libre, decidió lanzarse un domingo por la mañana a la famosa Iglesia Bautista Abisinia, allá en Harlem, Manhattan, pues dicen que los coros y el servicio dominical están de infarto. La idea sonaba idílica: escuchar la palabra del Señor y turistear de forma espiritual como cualquier hija de vecina.
Pero como el que avisa no traiciona, la Rosalía se armó un guardarropa especial para la ocasión. Dejó los tacones de vértigo guardados en el ropero, se calzó unos discretos zapatos de tacón bajito, se puso unos pantalones cómodos y un cárdigan bien abrigador porque el clima neoyorquino no estaba para bromas. Ella misma lo resumió con desparpajo: iba arregladita, recatada y dispuesta a escuchar la misa.
El verdadero drama se armó cuando llegó a la puerta del templo. Hizo su respectiva fila aguantando el frío helado de la mañana, pero al llegar al acceso principal, un fulano alto, tieso y muy serio la midió de arriba a abajo con cara de pocos amigos y le soltó el balde de agua fría: “Señora, usted hoy no entra”. La cantante, boquiabierta, le cuestionó el motivo, y el custodio simplemente le cantó la sentencia asegurando que ya no había cupo y que no estaba lista.
Entre la pena y la sorpresa, la española tuvo que dar media vuelta con las manos vacías y la blusa intacta, demostrando que ni la fama mundial te salva de que te cierren las puertas en las narices. Claro que, fiel a su estilo extravagante, el berrinche y el coraje se le pasaron rapidito, pues confesó que tras semejante bateada se fue directo de compras a gastarse unos dólares en zapatos nuevos. ¡Así se factura y se olvida el desaire divino!

















