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Desde la Banqueta.
Ericka Segura.
Hay frases que terminan pesándole más a quien las presume que a quienes las escuchan. “San Luis, Capital de la Cultura” es una de ellas. El eslogan luce bien en espectaculares, discursos y campañas de promoción, pero pierde fuerza cuando las plazas públicas, que son el escenario natural del arte, se convierten en terreno de disputa política.
Si la cultura es un derecho, como todos los gobiernos suelen afirmar, entonces no debería depender de quién organiza un evento ni del color del logotipo que aparece en el cartel. Sin embargo, el nuevo diferendo entre el Ayuntamiento de la capital y la Secretaría de Cultura vuelve a dejar la impresión de que los espacios públicos se administran más con criterios políticos que culturales.
La respuesta del alcalde Enrique Galindo, asegurando que todo se habría solucionado “con un WhatsApp”, termina minimizando un conflicto institucional que difícilmente puede reducirse a un problema de comunicación. Si bastaba un mensaje para resolverlo, entonces la pregunta inevitable es por qué el conflicto escaló hasta convertirse en un tema público.
Durante el Mundial, la batalla fue por Plaza de Fundadores. Hoy el escenario es Plaza del Carmen. Cambia la plaza, pero no la confrontación. Y mientras las administraciones intercambian declaraciones, quienes terminan esperando son los artistas, las compañías de danza y los ciudadanos que deberían disfrutar gratuitamente de esos espacios.
Resulta inevitable que surjan cuestionamientos cuando un gobierno impulsa la imagen de una ciudad cultural, pero al mismo tiempo aparecen obstáculos para utilizar precisamente los espacios donde la cultura cobra vida. La promoción institucional pierde credibilidad cuando los hechos proyectan un mensaje distinto.
Más allá de si existe o no una negativa formal, el episodio deja abierta una percepción incómoda, que la relación política entre el Ayuntamiento y el Gobierno del Estado termina influyendo en decisiones que deberían estar por encima de cualquier diferencia. Cuando el arte entra al terreno de la confrontación política, todos pierden.
Una ciudad no se convierte en capital de la cultura por repetir un eslogan, sino por abrir sus plazas, facilitar el acceso al arte y garantizar que los espacios públicos sean verdaderamente públicos. De lo contrario, el título corre el riesgo de quedarse únicamente como una eficaz estrategia de propaganda.














