SIN CONFIANZA NO SE PUEDE

Tras Bambalinas

Por Juan de la Plaza

Hay cifras que no admiten maquillaje, y esta es una de ellas. La narrativa oficial del ayuntamiento capitalino se estrelló de frente contra la realidad: la policía municipal de Enrique Galindo es la que menos confianza genera entre los potosinos. No es percepción aislada, ni crítica interesada; es el dato duro que exhibe el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, ese mismo que suele ser citado cuando conviene, pero ignorado cuando incomoda.

El golpe es seco. La corporación municipal ni siquiera alcanza el umbral mínimo de credibilidad: no llega al 50 por ciento. Traducido sin tecnicismos, seis de cada diez ciudadanos no confían en quienes deberían protegerlos. Así de simple, así de grave. Y mientras eso ocurre, desde Palacio Municipal se insiste en vender una ciudad “amable” que solo existe en boletines.

La comparación es todavía más incómoda. El Ejército rebasa el 92 por ciento de confianza; la Marina y la Fuerza Aérea se mantienen por encima del 88; la Guardia Nacional ronda el 78; incluso la Guardia Civil Estatal supera el 60 por ciento. La policía capitalina queda rezagada, atrapada en su propia narrativa. No es un tema menor: la confianza es el activo principal de cualquier corporación de seguridad. Sin ella, todo lo demás se desmorona.

Y aquí es donde el discurso se vuelve insostenible. Enrique Galindo, policía de carrera, no puede alegar desconocimiento. Lleva años al frente de una estrategia que, a juzgar por los resultados, no ha logrado conectar con la ciudadanía ni generar condiciones de tranquilidad reales. La percepción de inseguridad no se combate con campañas, sino con resultados visibles, con presencia efectiva en las calles, con prevención sostenida.

Lo que se observa, en cambio, es una dinámica reactiva: operativos que llegan tarde, acciones de corto alcance y una ausencia preocupante de inteligencia policial. La prevención quedó relegada, lo mismo que la proximidad social. El Centro Histórico se ha convertido en un espacio sin control claro, donde la autoridad parece mirar desde la barrera mientras el desorden se normaliza.

A esto se suma un factor político que no puede ignorarse: la falta de coordinación. El alcalde ha optado por descalificar las mesas de seguridad en lugar de fortalecerlas, rompiendo puentes en un tema que exige precisamente lo contrario. En seguridad, la soberbia cuesta caro.

El problema de fondo no es solo operativo, es estructural. La profesionalización de la policía sigue siendo más un concepto aspiracional que una realidad medible. Falta capacitación, falta inversión en inteligencia, falta dignificación de los elementos. Y cuando esas piezas no están en su lugar, el resultado es el que hoy retrata el INEGI: una corporación débil, cuestionada y sin respaldo ciudadano.

El desgaste ya es evidente. La brecha entre lo que se dice y lo que se vive se ha ensanchado peligrosamente. Y en política, cuando la confianza se pierde, recuperarla no es cuestión de discurso, sino de hechos consistentes en el tiempo.

Porque al final, la ecuación es sencilla: sin confianza, no hay autoridad; sin autoridad, no hay seguridad. Y sin seguridad, cualquier proyecto político queda reducido a una promesa vacía.

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