JMalone
* La historia de Hervey García exhibe el contraste entre el talento que se abre camino por mérito propio y un sistema cultural que margina a quienes no pertenecen a los círculos de siempre.
La historia de Hervey García no es solo la de un artista que triunfa en el extranjero. Es, sobre todo, el reflejo incómodo de un sistema cultural que en México, y particularmente en San Luis Potosí, ha normalizado la exclusión, el amiguismo y la dependencia del erario como vía casi única para destacar, mejor dicho, sobrevivir como parásito institucional.
Originario de Guadalcázar y con una etapa clave en Soledad de Graciano Sánchez, Hervey sí encontró ahí un primer respaldo municipal que le permitió materializar obras de gran formato, como el mural que narra la historia del municipio en el salón de Cabildo, además de un mural de
gran formato con personajes clave en la historia de esa localidad en el mismopalacio municipal.
Pero el dato relevante no es solo su éxito, sino el camino que tuvo que tomar para alcanzarlo. Hervey no encontró respaldo en la Secretaría de Cultura durante el sexenio de Juan Manuel Carreras López. Fue marginado en su propio Estado, pese a su talento sobrado. Mientras tanto, otros nombres, los de siempre, continúan acaparando apoyos, becas y estímulos mediante redes de compadrazgo que poco tienen que ver con la calidad artística.
El Programa de Estímulo a la Creación y el Desarrollo Artístico, que debería ser una plataforma de impulso, ha sido señalado reiteradamente por concentrar recursos en círculos cerrados y que solo fomenta el conformismo y un ego ilusorio de quienes obtienen ese beneficio. No se trata de descalificar el apoyo público al arte, sino de evidenciar cómo su mala distribución termina por sofocar nuevas voces. Hay artistas que viven del presupuesto y otros, como Hervey, viven para el arte y el mismo arte los hace volar alto y lejos.
Su caso exhibe una contradicción profunda, pues mientras algunos esperan la validación institucional, otros construyen su legitimidad fuera de ella. Y en ese contraste, viene a la mente el discurso de Javier Milei y su crítica a una “élite cultural” sostenida por recursos públicos, él no los llama artistas, sino empleados del Estado.
Y aquí en San Luis sobran de éstos últimos.
Hervey García es, en ese sentido, una excepción que confirma la regla. Su trayectoria es una cachetada con guante blanco a un sistema que ha privilegiado la holgazanería sobre el talento. También es una advertencia de que cuando el talento no encuentra espacio, migra. Y cuando migra, el reconocimiento llega, pero lejos de casa, aunque no debería ser así.
Hoy, la ciudad de Indio, en California, lo ha reconocido por sus propuestas innovadoras de arte público. Su obra, basada en el movimiento y la transformación, rompe con la pasividad del espectador. Sus murales cobran vida con el desplazamiento de quienes los observan. Es arte que dialoga, que se mueve y que respira, justo lo contrario a un sistema cultural que en muchos casos parece estático.















