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El Separador
Leonard Norman Cohen fue un poeta, novelista y cantante canadiense que exploró en cualquiera de sus creaciones la fe, la moralidad y la fragilidad humana. Por su origen judío nombró a su hijo Adam; pero a su chamaca, Lorca, honrando a su mentor creativo Federico García ídem.
En The Tower of Song afirmaba: “I was born this way, I had no choice. I was born with the gift of a golden voice”; pero sabemos que fueron años de exploración en expresiones espirituales y espirituosas -judaísmo, catolicismo, budismo y alcohol- los que le dotaron de una voz ronca y pausada.
A los 26 años naufragó, con los vientos inquietos de 1960, en la isla de Hydra, Grecia donde, apareció Marianne Ihlen, perpetua musa, y amante por ocho años que parecieron más que suficientes. De la separación nacieron como una apuesta de amor los versos de So Long, Marianne y Bird on a Wire.
Ambos rehicieron su vida -si al matrimonio se le puede llamar rehacer- una, en Noruega con su hijo Axel Jensen, de su primer matrimonio; el otro, en Nueva York con Suzanne Elrod. Cuando éxito y fracaso los alcanzaron por separado, la conversación epistolar fue su pegamento.
Una borrachera sin fin lo dejó en las puertas de un convento del cual la banda punk de los amigos de su hija -The Sisters of Mercy-, toma su nombre. En un templo budista fracasó en su intento por convertirse en monje; sanó la depresión; dibujó y escribió The Book of Mercy. Se despidió de su maestro, claro en regresar a la vida terrenal, con un: “…en este lugar tengo mucho frío.”
Sus revelaciones celestiales en tinta y papel le merecieron el premio Príncipe de Asturias 2011. Cinco años después, por una noticia devastadora, escribió una de sus mejores cartas:
“Querida Marianne, estoy justo un poco detrás de ti; lo bastante cerca como para tomar tu mano. Este viejo cuerpo se ha rendido, como el tuyo también; el aviso de desalojo está en camino a cualquier día. Nunca he olvidado tu amor y tu belleza. Eso ya lo sabes. No tengo más que decir. Buen viaje, vieja amiga. Nos vemos en el camino. Con amor y gratitud eternos, Leonard.”
Marianne murió a los tres días de escuchar la carta que le leyeron. Leonard Cohen la alcanzó cuatro meses después. Había olvidado rezarle a los ángeles, así que los ángeles olvidaron rezar por éllos.

















