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Por Joseph Malone de la Paz.
Hay aniversarios que sirven para recordar una fecha y hay otros que permiten detenerse a mirar todo lo que ha cambiado. Los 259 años de Soledad de Graciano Sánchez pertenecen a los segundos.
Este 8 de octubre, el municipio celebrará su aniversario con dos acontecimientos que miran en direcciones distintas, pero complementarias: hacia su historia y hacia su presente. Por la mañana se presentará el libro La formación de un municipio a inicios del siglo XIX: la congregación de Nuestra Señora de la Soledad (de los ranchos), 1820-1826, de Inocencio Noyola. Por la noche, la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí ofrecerá un concierto de gala. Historia y cultura para conmemorar a una comunidad que ha sabido transformarse.
Pero Soledad no nació como la ciudad que conocemos hoy.
Su origen está ligado al Cerro de San Pedro y a la actividad minera que durante siglos marcó la vida económica de esta región. Los antiguos Ranchos fueron creciendo con familias dedicadas al transporte de metales y al suministro de agua, leña y alimentos para quienes trabajaban en las minas. En 1767 aquellos asentamientos fueron congregados y comenzó formalmente la historia de la población.
Desde entonces han pasado 259 años y, probablemente, pocas cosas expliquen mejor la evolución de Soledad que su propia gente.
Fueron sus habitantes quienes convirtieron páramos solitaros en barrios, abrieron comercios, levantaron viviendas, formaron familias y enviaron generaciones enteras a las escuelas. La ciudad se fue haciendo a sudor y lágrimas, con el trabajo cotidiano de quienes decidieron quedarse y construir aquí su vida.
Durante mucho tiempo, sin embargo, Soledad cargó con un trato y una etiqueta injusta. Desde la capital se le llegó a llamar “el patio trasero”. El término intentaba definirla por lo que supuestamente le faltaba y no por lo que estaba construyendo.
Hoy esa mirada resulta cada vez más difícil de sostener.
Soledad tiene empresas, inversiones, escuelas, comercios, empleos e infraestructura que han cambiado su rostro. Su crecimiento la convirtió en una pieza indispensable de la zona metropolitana y en un municipio con capacidad para generar sus propias oportunidades.
No todo está resuelto. Una ciudad que crece también acumula desafíos. Pero reconocer los pendientes no significa ignorar los avances.
Hay algo más importante: Soledad modificó el estigma.
Ya no es solamente el municipio que está junto a la capital. Es un lugar donde miles de personas estudian, trabajan, emprenden, compran, forman sus familias y construyen su patrimonio.
Quizá esa sea la verdadera celebración de estos 259 años.
No presumir que Soledad es mejor que San Luis Potosí. No competir por una etiqueta. Simplemente reconocer que aquella comunidad que alguna vez nació alrededor de los caminos hacia las minas encontró, con el paso de las generaciones, un destino propio.
Y ese destinono lo construyeron únicamente los gobiernos ni las grandes inversiones.
Lo construyó su gente.
La mujer que vendió enchiladas. El carbonero aque alimentó las calderas del progreso. La mujer que crío hijos y vacas. El hombre que sembró maíz y frijol. La mujer que enseñó en la escuela. Los hijos que en cada generación superaron los alcances de sus padres.
Todos ellos forman parte de estos 259 años.
Por eso Soledad puede celebrar su pasado sin vivir de él y mirar al futuro sin olvidar de dónde viene.
Porque si algo demuestra su historia es que una ciudad no se define por el lugar que otros le asignan. Se define por lo que su gente es capaz de construir.
¡Felicidades a las y los soledenses!
















