Suerte te de Dios

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El Separador

Algunas conocidas contemporáneas afirmaban que “la suerte de la fea, la bonita la desea”. En un mosaico de cantina me apareció la frase desafiante: “a la bonita le vale madres”. Encendí un cigarrillo y pensé toda la tarde.

La suerte se asocia a lo inexplicable bueno o malo, a lo que se consigue cuando todo -en medio de tanto obstáculo- nos parecía imposible y de buenas a primeras se inclina a nuestro favor. Así imaginaba que Harry Dean Stanton y el apellido Lynch en el cartel eran suficiente garantía para ver la cinta Lucky, que terminé comprando en DVD y que resulta en un bálsamo para quienes dibujamos nuestras emociones como electrocardiograma.

Le confieso que me encanta vivir. Llevo cinco décadas de subir y bajar, de arrepentirme y de intentar, de tener un plan de navegación que las tormentas no me han permitido concluir. Desde ahí suerte y curiosidad juegan un papel fundamental que desconozco si tendré en el futuro, como llegar a los 90 años y volver a la Cineteca -con una Dulcinea- para ponerme a llorar.

Con motivo del centenario del actor de Paris Texas, de Wim Wenders y Wild at Heart, le invito a disfrutar Lucky, de John Carrol Lynch; -que tuvo la suerte de apellidarse como uno de mis directores favoritos, aunque sin parentesco alguno.

En la recta final del camino aparece el hombre recio, coquetón y respetuoso; el gringo solitario que se sigue poniendo las botas para visitar a los que quedan y compartir sabiduría, locura y gratitud. Su amigo Howard -que por suerte es protagonizado por David Lynch- ha perdido a su tortuga y lo que inicia en una conversación de taberna, se convierte en una metáfora inspiradora.

Las anécdotas las adereza la música de Pedro Infante, el aroma vaporoso de un café negro y un periódico doblado sobre la barra del diner. Un vecindario tan peculiar como cercano nos asegura lo suertudo que hemos sido por vivir.

Fumar sigue siendo mal visto, dicen que acorta la vida. Yo digo, “con el tiempo y un ganchito, porque el tiempo es buen amigo, buen amigo de verdad, porque cobra y porque paga, porque paga y porque cobra, porque quita y porque da.”

Al salir de la sala me dijo no-seas-chillón, pinche güerito mamón y ¿qué cree? valiéndome madres, en el trayecto a su departamento me puse a silbar: “y volver, volver, volver.”

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