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La política suele ofrecer contrastes que permiten distinguir con claridad entre quienes construyen una trayectoria y quienes sobreviven alimentando el escándalo. José Luis Romero Calzada, conocido como “El Tecmol”, parece haber elegido desde hace tiempo el segundo camino. Su estrategia permanece intacta: confrontar, descalificar, intimidar y convertir cualquier circunstancia en espectáculo con la esperanza de mantenerse vigente en el debate público. La aspiración de gobernar Ciudad Valles continúa marcando sus movimientos, aunque el método resulte cada vez más predecible y menos convincente.
Su discurso carece de propuestas consistentes. El recurso permanente consiste en golpear a la autoridad en turno, fabricar controversias y difundir mensajes diseñados para provocar reacciones inmediatas en redes sociales. Ahí encuentra el escenario ideal para cosechar reproducciones y comentarios, aunque varias de esas plataformas llegaron a restringir su actividad tras la difusión de contenidos que sembraron temor injustificado, como ocurrió cuando recorrió las calles anunciando una supuesta inundación inminente que jamás ocurrió. La estridencia reemplazó desde hace mucho al argumento.
Alrededor de su figura abundan versiones sobre el consumo de medicamentos controlados como explicación de un comportamiento errático y de una necesidad permanente de protagonismo. Más allá de rumores imposibles de acreditar, resulta evidente una conducta orientada a convertir cualquier episodio en material viral. Desde videos donde intenta proyectar una imagen juvenil hasta escenas buscando atención durante celebraciones de la Selección Mexicana, el resultado termina pareciendo una sucesión de actos improvisados cuyo efecto principal es alimentar el ridículo político.
Ciudad Valles conoce ese estilo. Ya experimentó una administración donde la ocurrencia ocupó espacios que debieron pertenecer al trabajo serio. Por ello, rumbo a 2027, conviene preguntarse si el municipio requiere un gobernante capaz de resolver problemas o un personaje dispuesto a convertir la presidencia municipal en escenario permanente. La respuesta parece escrita desde hace tiempo.














