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TIENE EL CUARTETO LATINOAMERICANO UN CÁLIDO ADIÓS

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Ciudad de México 28 junio 2026.- El Cuarteto Latinoamericano se despidió de los escenarios con una última presentación en el Cenart este domingo; desde temprano el día pintaba para ser muy cálido.

 “Ahora sí, el último concierto”, remarcaría el titular de la Dirección de Música de la UNAM, José Julio Díaz Infante, al dar la bienvenida al recital con que cerraba su gira “La última y nos vamos” este renombrado ensamble integrado desde 1982 por los hermanos Saúl, Arón y Álvaro Bitrán junto con Javier Montiel.

 “Damos, ahora sí, el último adiós artístico al Cuarteto Latinoamericano () Ya les dije que a ver si no nos salen en medio año con que la reunión y no sé qué”, bromeaba Díaz Infante, provocando risas en un Auditorio Blas Galindo a toda su capacidad.

 De entrada libre, pero cupo limitado a los 500 lugares del recinto, este último encuentro, programado para las 13:30 horas, ameritaba acudir desde temprano para garantizar un asiento. Los organizadores habían sugerido llegar con 60 minutos de anticipación, y hubo quien desde 3 horas antes ya esperaba.

 “Mi amigo me decía: ‘Yo llego una hora antes’. ¡No vas a alcanzar lugar!”, contó en entrevista Jorge Bernardo Ferreiro, vendedor de libros y autodefinido melómano, quien llegó en su bicicleta a las 10:00 para apartar espacio para ambos, y encabezaba la fila de más de 200 personas que ya aguardaban pasado el mediodía.

 “¡Es un imperdible!, o sea, saber que es la última presentación, porque ya lo dijeron enfáticamente: ‘No nos volvemos a reunir’, pues es algo así como obligado para alguien que ama la música”, añadió, a su vez, Alejandro Sainz, consultor cuya larga amistad con Jorge ha tenido al centro, entre otras cosas, su afición por el Cuarteto que ahora dice adiós.

 En la fila de junto, la designada para adultos mayores y personas con discapacidad, el matrimonio formado por los músicos Cuca Tena y José Luis de la Rosa -“El Pollo”, para los cuates- aprovechó la espera para hacer amistad con el bandoneonista argentino César Olguín, que en realidad llegó como uno de los invitados del ensamble.

 “Además de su calidad como músicos, son unos grandes y queridos amigos”, afirmaba el argentino -naturalizado mexicano-, por momentos convertido en vocero del cuarteto para responder a sus nuevas amistades de la fila la inquietud sobre por qué se despedían.

 “Ellos consideran que están en la cúspide de su carrera, y se quieren retirar también ya por una cuestión hasta de cierto cansancio, por así decirlo. Se quieren retirar bien, y, bueno, hoy es el último concierto, lo cual es un evento muy especial”, enunció, sin obviar lo difícil de una decisión de ese calibre tras 44 años de trayectoria. “Saúl Bitrán me dijo: ‘Creo que mañana voy a entrar en terapia’”.

 Salvo lo dicho por Díaz Infante, más unas palabras elogiosas por parte de Raúl Uribe, director de Programación Artística del Cenart, el recital transcurrió sin intervenciones ni discurso alguno. La música habría de dejarlo dicho todo.

 Desde la segunda llamada, los músicos de la Orquesta Juvenil Universitaria Eduardo Mata (OJUEM), invitados para la ocasión, comenzaron a ocupar sus posiciones y a empuñar sus instrumentos. Tras el director José Areán y el pianista Rodolfo Ritter vendrían, finalmente, los protagonistas del adiós, ataviados en diferentes tonos de gris, a juego con esas canas en barbas y cabelleras que delatan los años acumulados.

 Con Saúl y Arón al violín, Álvaro en el violonchelo y Javier en la viola -alineación que los llevó a escenarios tan importantes como el Carneggie Hall, a hacer un centenar de grabaciones y a ganar un par de Grammys-, el ensamble entonó las Cuatro estaciones porteñas, de Astor Piazzola, en un arreglo de Olguín para cuarteto, piano y orquesta de cuerdas.

 “Fue una invitación de la OJUEM para tocar este repertorio. Es una obra que nos ha acompañado este año mucho. Las orquestas querían invitarnos a tocar por última vez, y dijimos cuáles son las obras que podemos, y ésta era una de ellas. Y es atractiva para todo mundo”, explicó a REFORMA Saúl una vez terminado el concierto, aún muy estimulado por lo vivido.

 “No lo puedo procesar en este momento. Mi cabeza está llena de sentimientos y de emociones encontradas. Me va a tomar un buen tiempo y calma para entender que éste realmente fue el último concierto. Y ya veré, empieza un nuevo periodo en mi vida, una nueva etapa. Después de 40 años, es muy difícil dar un giro de 180 grados, pero me reinventaré. Tengo proyectos que me atraen mucho también que no he podido hacer”.

 Su impecable ejecución habría de granjearles el aplauso ensordecedor y alabanzas de los reunidos en el Blas Galindo, cuyas palmas los conjuraron para un primer encore, que fue el Libertango de Piazzolla, también con arreglos de Olguín, y luego otro más, cuando hicieron que en el sitio resonara Estrellita, de Manuel M. Ponce.

 Ésta última cautivó poderosamente a la señora María del Carmen Alcántara, de 75 años y quien, a diferencia de la mayoría en el público, llegó sin saber que se trataba de la última presentación del Cuarteto Latinoamericano.

 “Tengo muchos años ya viniendo a los conciertos, tanto de aquí del Cenart como de Bellas Artes y la Sala Nezahualcóyotl. Yo no sabía ni qué venía yo a oír ahora, y me encontré con este concierto tan bonito, tan lleno de amor, de pasión. Me encantó”, celebró la vecina del barrio de Xoco que vende ropa por catálogo.

 La enérgica entrega de sus escuchas, estampa que se repitiera a lo largo de esta gira del adiós que arrancó en marzo pasado, no trastoca la decisión del cuarteto.

 “No, no. Estamos plenamente convencidos”, afirmó Saúl.

 “Le preguntaron un día a la soprano Renata Tebaldi: ‘¿Maestra, por qué se retira?’. Y dijo: ‘Porque no quiero que me pregunten ‘Maestra, ¿por qué no se retira?’”, ilustró, con humor: “Llega un momento en que hay que saber cortar”.

 “Mejor que nos pregunten por qué irse que por qué no se han ido. Eso sería grave”, refrendaba luego Arón. “Hay que irse tocando bien y, afortunadamente, lo pudimos hacer. Porque hemos visto casos de gente que va más allá de lo prudente, y no es justo para el público que el artista al que has admirado oírlo cuando ya no está en plenitud. Todavía lo estamos, y es muy buen momento”.

 Al final, el cuarteto se retiró, y la OJUEM selló su despedida interpretando La mer, de Claude Debussy. Nada de fortuito había en el gesto de ceder el lugar a los nuevos talentos.

 “Hay muchos cuartetos jóvenes, incluso parte de ellos están aquí en la orquesta y son o han sido alumnos nuestros en distintos contextos. Entonces, sí, es un poco pasar la estafeta”, apuntó Arón, admitiendo que si bien se van de los escenarios, el cuarteto todavía pudiera dar de qué hablar.

 “Hay varios musicólogos que me han preguntado si se pueden acercar para tratar de hacer algún estudio musicológico, una trayectoria”.

 ¿Una cinta documental, quizá?

 Eso se tuvo que haber hecho mientras tocábamos, y no se ha hecho. Pero algún documento, sin duda.

 Mientras el público se retiraba, entre los atrilistas se escuchó a uno entonar parte de Las golondrinas, y esto pintó varias sonrisas entre quienes ya de por sí habían atestiguado algo memorable. El último concierto, ahora sí. Un adiós cálido, como pintaba desde temprano.

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