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UNA VIDA ENTRE LIBROS Y CREENCIAS

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Agencia Reforma

Monterrey, NL 11 octubre 2026.- En una biblioteca de París, José Luis Ramírez Vargas se encontró con un pequeño fragmento de México que había cruzado el Atlántico más de un siglo antes: una colección de libros llevados a Francia durante los tiempos del Emperador Maximiliano.

 Era 1981 y el joven mexicano realizaba sus prácticas de bibliotecología en la Biblioteca del Palacio Municipal de la capital francesa. Había llegado a Europa con la intención de convertirse en sacerdote, había estudiado teología en Roma y, después de una crisis vocacional, se había trasladado a París para estudiar Historia en la Sorbona.

 Ahora aprendía a organizar, conservar y poner al alcance de otros el conocimiento.

 “Mi período de prácticas profesionales en la Biblioteca del Palacio Municipal de París fue algo fascinante. Ahí encontré un acervo de libros mexicanos que habían sido traídos a Francia en tiempos del Emperador Maximiliano”, recuerda.

 Aquellos libros, inesperados huéspedes de una biblioteca francesa, anticipaban de algún modo el trabajo al que dedicaría buena parte de su vida. Años después, en el Tec de Monterrey, José Luis ayudaría a formar colecciones universitarias, enseñaría humanidades y se convertiría en divulgador de la historia de las religiones.

 Hoy, a los 78 años, jubilado desde 2012, continúa impartiendo clases y trabajando con documentos históricos. Entre sus ocupaciones recientes figura la traducción del latín al español de una bula pontificia del siglo 18 relacionada con la creación de la Diócesis de Linares, antecedente de la actual Arquidiócesis de Monterrey.

 El Padre Raúl Mena, quien lo conoce desde hace cerca de dos décadas, destaca la amplitud de sus conocimientos.

 “Su trayectoria le ha dotado de una sabiduría casi enciclopédica, es realmente un hombre sabio; y además de ser sabio es políglota. Rasgos o cualidades, cada vez más, poco comunes”, expresa.

 Pero antes de las bibliotecas europeas, de los archivos eclesiásticos y de los libros antiguos, hubo una infancia de mudanzas, periódicos, historietas y relatos familiares sobre una guerra religiosa.

SUS RAÍCES

 José Luis nació el 22 de junio de 1948 en Parras, Coahuila, en una familia de ocho hijos. Fue el tercero. Sus padres, Miguel Ramírez Fierro y María Asunción Vargas Palacios, también tenían raíces en aquella población.

 Su padre trabajaba en la industria periodística. Cuando José Luis tenía apenas unos meses, la familia se trasladó a Ciudad Juárez, donde Miguel consiguió empleo en El Fronterizo, de la cadena García Valseca, como operador de las enormes rotativas utilizadas para imprimir el periódico.

 Con el tiempo se especializó en aquellas máquinas y fue enviado a otras ciudades. Una de ellas fue San Luis Potosí, donde trabajó en El Sol de San Luis y donde sus hijos cursaron parte de sus estudios.

 La familia vivía en casas rentadas. Miguel iba al trabajo en bicicleta y el dinero debía alcanzar para ocho hijos. José Luis recuerda a su padre como un hombre trabajador, proveedor y algo autoritario, y a su madre como una mujer dedicada a la familia.

 “Fuimos siempre en esos años una familia de clase media, en casa de renta, mi padre iba al trabajo en bicicleta, pero siempre se preocuparon por darnos una buena educación”, relata.

 “Siendo una familia numerosa, contábamos con pocos recursos, pero éramos felices con los pocos juguetes con los que contábamos”, añade al evocar aquellos años.

 Los niños leían historietas de Superman, Batman y La pequeña Lulú. En casa había también un grueso volumen sobre óperas y una Biblia que José Luis hojeaba por curiosidad.

 Más adelante llegaron otros libros: Los etruscos, Las aventuras de Sherlock Holmes y, especialmente, Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam. También leyó una biografía del sacerdote jesuita Miguel Agustín Pro.

 Su interés por la historia religiosa tenía, además, una fuente más cercana: los relatos familiares que escuchaba de su madre, vinculados con la Guerra Cristera.

 “Por parte de mi madre, recuerdo las historias que nos contaba de las peripecias de nuestro abuelo y tíos maternos sobre el levantamiento armado cristero en el que habían participado en Parras”, cuenta. “Esas historias sin duda me marcaron para mis años de adolescente”.

 La religión era parte de la vida doméstica. Dos de sus hermanos mayores ingresaron al seminario y él siguió el mismo camino, atraído tanto por la fe como por la posibilidad de estudiar latín y humanidades.

 Su desempeño académico llevó a sus superiores a ofrecerle continuar su formación en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo la licenciatura en Teología en 1972.

 “No fui yo quien decidió ir a Roma, sino mis superiores. Al ver mi desempeño, me preguntaron si quería yo ir, y no tuve la menor duda en aceptar la propuesta, obviamente con la perspectiva de llegar un día a ordenarme de sacerdote”, rememora.

 En Roma encontró profesores jesuitas, estudiantes de numerosos países y una ciudad cuya historia parecía extenderse por todas partes. Asistió a audiencias papales y se interesó por las discusiones teológicas de su tiempo.

 “De mis maestros, jesuitas todos, lo más granado del medio teológico, recibí una excelente formación. El medio internacional de la Universidad también fue para mí de lo más emocionante, la ciudad de Roma, una joya de arquitectura y llena de historia, las audiencias del Papa, etc.”, evoca.

 Su espíritu inquieto lo acercó a teólogos críticos como Hans Küng y Leonardo Boff, aunque la acumulación de conocimientos no resolvía sus dudas personales.

 Sus dos hermanos habían abandonado ya el seminario y él comenzó a experimentar su propia crisis vocacional. Finalmente decidió dejar el camino hacia el sacerdocio y trasladarse a París.

 En la Universidad de París IV-Sorbona obtuvo la licenciatura en Historia en 1976, la maestría en 1978 y, dos años después, el Diploma de Estudios Avanzados, correspondiente a la preparación para el doctorado.

 Sin beca y con trabajos de escasa remuneración, vivió años difíciles, tanto económica como personalmente.

 “Mi situación existencial no estaba resuelta, de tal manera que ahora la crisis resultaba más pesada. Y así fue como, mientras avanzaba en lo académico, mi vida tocaba más fondo”, confiesa.

 Una invitación a participar en catequesis comunitarias, que inicialmente le pareció ingenua, terminó por modificar su relación con la fe.

 “Ahí me topé con Dios, para decirlo con una palabra. Ahí se me proponía una seria iniciación a la Fe, en una modalidad de comunidad en la parroquia”, expresa. “Esa vivencia le daba sentido no sólo a mi vida sino a todo el desarrollo académico”.

 Aquella experiencia le permitió reconciliar sus inquietudes religiosas con su formación intelectual. Entre los cursos que recuerda especialmente están los dedicados al estudio de las religiones, con Michel Meslin, y al Cristianismo antiguo, con Charles Pietri.

 En 1981 obtuvo en París una especialidad en Bibliotecología. Tras sus prácticas en la Biblioteca del Palacio Municipal, consiguió su primer empleo como director de la Biblioteca de la Casa de México en la Ciudad Universitaria de París, donde convivió con estudiantes mexicanos de distintas regiones.

 Había encontrado así una profesión en la que podían reunirse sus intereses por la historia, los idiomas y los libros.

SU HISTORIA

 Su regreso a México estuvo relacionado con una decisión religiosa y personal. Para entonces había conocido a la madrileña Lola de Mingo, con quien se casaría en Madrid en 1985. Ella se trasladó a Monterrey, donde él ya trabajaba. El matrimonio tuvo cuatro hijos, todos profesionistas.

 En 1984, José Luis ingresó al Tec de Monterrey, donde desarrollaría una trayectoria de casi tres décadas, principalmente en el área de Desarrollo de Colecciones de la Biblioteca.

 Su trabajo consistía en algo más complejo que comprar libros. Debía atender las necesidades de profesores y estudiantes, identificar obras relevantes para distintas disciplinas, evaluar donaciones y localizar materiales difíciles de conseguir.

 Gerardo González Lara, profesor del Departamento de Estudios Humanísticos del Tec, lo recuerda como el hombre al que acudían cuando necesitaban incorporar algún título al acervo universitario.

 “Durante mucho tiempo lo identifiqué en la Biblioteca del Campus Monterrey como el responsable de que contáramos con los libros que necesitábamos y que pedíamos para incorporarlos a ese valioso acervo bibliográfico”, señala.

 En ocasiones, la selección implicaba decisiones delicadas. José Luis recuerda una donación que incluía numerosos libros de propaganda neonazi.

 “Recuerdo un lote de libros que nos llegó, muchos de ellos con clara tendencia de propaganda neonazi, y se rechazaron. Obviamente, luego de consultar a varios maestros”, precisa.

 También viajaba a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara para seleccionar materiales académicos, establecer contacto con proveedores y conseguir obras solicitadas por los docentes.

 Participó, además, en las primeras ediciones de la Feria del Libro de Monterrey, cuando la organización estaba a cargo de la Biblioteca del Tec. Años después asistiría también a una feria del libro en Barcelona.

 “Recuerdo que tuve el honor de participar en la primera Feria del Libro de Monterrey, al lado de Miguel Arreola, dado que en aquel año y varios que siguieron, era la Biblioteca del Tec la que organizaba las ferias del libro”, rememora.

 Durante su gestión impulsó un boletín de adquisiciones recientes, servicios de apoyo bibliográfico especializado y nuevas relaciones de intercambio entre bibliotecas universitarias.

 Le tocó vivir una transformación decisiva: el paso de los catálogos en papel a las computadoras, las bases de datos y las publicaciones electrónicas.

 Reconoce las ventajas de la automatización, aunque considera que la preferencia por los formatos digitales ha perjudicado ciertas formas de lectura y algunas áreas del conocimiento.

 “Me parece que la preferencia por el libro electrónico que ha prevalecido por encima del libro impreso, ha sido en detrimento y desventaja para algunas áreas del conocimiento y capacidades cognitivas”, explica.

 “Las bibliotecas europeas y americanas pueden ser un buen ejemplo de lo que hace o debe hacer una biblioteca con los acervos impresos, verdaderos tesoros para las generaciones futuras”, subraya.

 Su preocupación no supone un rechazo a la tecnología. Sobre la inteligencia artificial, por ejemplo, reconoce su utilidad para localizar información, pero advierte que debe permanecer subordinada al juicio humano.

 “No soy un especialista en el ramo, pero veo que es una excelente herramienta en la búsqueda de la información, siempre y cuando se maneje como tal y no como un sustituto de la ‘inteligencia natural’, como les digo a mis alumnos”, advierte.

 En el Tec encontró también espacio para la docencia, la investigación y la divulgación. Entre 1998 y 2004 impartió Historia de la Cultura y, posteriormente, Introducción a la Historia de las Religiones, además de ofrecer seminarios y talleres a profesores y bibliotecarios.

 La radio fue otra de sus aulas. Entre 1998 y 2005 condujo “Charlas con el tiempo” y, de 2005 a 2020, estuvo al frente de “El mundo de las religiones”, ambos en Frecuencia Tec.

 En este último programa entrevistó a pastores evangélicos, bautistas, budistas, hinduistas, musulmanes, rabinos judíos y sacerdotes católicos.

 “Ese período fue también para mí enriquecedor y de crecimiento”, comparte. “Conocí y tuve la ocasión de entrevistar a personas de las más distintas religiones e iglesias: pastores evangélicos, bautistas, budistas, hinduistas, musulmanes, rabinos judíos e inclusive sacerdotes católicos, con el objetivo de hacer comprender al público en general el porqué de las creencias”.

 Aquellos encuentros no modificaron su pertenencia religiosa, pero sí ampliaron su conocimiento de otras tradiciones.

 “Mi Fe me permitió abrir la mente para entender mejor a las otras religiones, muchos de ellos me invitaban a unirme a ellos, pero siempre les contestaba que en la mía encontraba eso y mucho más”, sostiene.

 Para Gerardo, el programa equivalía a una clase semanal de historia religiosa, impartida con claridad y conocimiento de las distintas tradiciones.

LABOR DOCENTE

 La jubilación no significó para José Luis el abandono de sus intereses. Después de dejar formalmente el Tec en 2012, siguió colaborando por honorarios y continuó su labor docente en instituciones de formación religiosa.

 Entre 2010 y 2019 enseñó en el Instituto de Ciencias Religiosas de la Arquidiócesis de Monterrey y, desde 2021, imparte cursos de historia de las religiones y de la Iglesia en la Escuela de Teología Papa Francisco.

 También se integró a trabajos del Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Monterrey, donde su conocimiento de lenguas antiguas y modernas ha resultado útil para traducir documentos.

 Una de sus labores recientes fue una nueva traducción al castellano de la bula Relata Semper, relacionada con la creación de la Diócesis de Linares hace casi 250 años.

 Ha colaborado también en investigaciones vinculadas con la causa de beatificación de Guillermo Tritschler, séptimo Arzobispo de Monterrey, quien antes fue obispo de San Luis Potosí.

 Su interés por el pasado regional también lo ha llevado a participar, entre 2016 y 2026, en las Jornadas de Historia del Noreste, celebradas en Saltillo, y a publicar investigaciones en revistas académicas del Tec y en la Revista Coahuilense de Historia.

 El Padre Mena destaca su constancia en la investigación documental.

 “Investigador constante”, lo define. “Cada año anda rastreando un tema nuevo, lo cual le apasiona y nutre la investigación local con sus aportaciones”.

 Gerardo subraya otra cualidad: su disposición para compartir los documentos que encuentra después de largas búsquedas en archivos.

 Para su hija Ángela Ramírez de Mingo, esa dedicación no representa una faceta distinta de su padre, sino una prolongación de su manera de vivir.

 “Desde niña lo vi acercarse a los libros no solamente como una profesión, sino como una forma de entender mejor al ser humano”, recuerda.

 “Su interés por las religiones siempre me llamó la atención porque nunca lo percibí como una búsqueda de respuestas fáciles, sino como un verdadero deseo de conocer, cuestionar y comprender las distintas maneras en que las personas han buscado darle sentido a su existencia”, manifiesta.

 La historia familiar también ha conocido momentos difíciles. José Luis dice que, después de un accidente, su esposa quedó en condición tetrapléjica. El acontecimiento transformó la vida de ambos.

 “Luego, vi su fortaleza y su entereza para afrontar la vida en esas circunstancias, y la verdad pasamos otros momentos de felicidad muy distintos, pero más profundos”, confía, sin ofrecer mayores detalles.

 Ángela encuentra en esa trayectoria personal otra razón para admirar a su padre.

 “Y eso es lo que más admiro de él: que sabe muchísimo, pero nunca ha necesitado presumirlo; su manera de aprender, observar y enseñar habla por sí misma”, asegura.

 José Luis sigue leyendo historia nacional, estudios religiosos, encíclicas papales y autores como Albert Camus. Entre sus historiadores preferidos figuran Jean Meyer, Enrique Krauze, Daniel Cosío Villegas, Henri-Irénée Marrou y Jean Daniélou.

 La historia de la Iglesia le ha enseñado a reconocer tanto los logros como las contradicciones de una institución que considera divina y humana.

 “Para mí, el estudio de la Historia de la Iglesia a lo largo de los siglos me ha abierto a comprender los logros y carencias, aciertos y desaciertos de una institución a la vez divina y humana”, reflexiona. “El Papa Francisco decía que no hay que tenerle miedo a la verdad, hablando de la Historia de la Iglesia”.

 Después de tantos años entre bibliotecas, archivos, aulas y libros, no asegura haber encontrado todas las respuestas. Tampoco parece buscarlo.

 “Pues eso de la Fe es un continuo descubrir cosas y aspectos nuevos, ya que está ligada con la historia personal que evoluciona, de ahí la importancia de leer y releer y escuchar lo que dicen las Escrituras -en mi caso, en una comunidad eclesial-, lo cual no está desprovisto de dudas y preguntas, pero eso es lo interesante”, concluye.

 Para aquel joven que alguna vez creyó que su destino estaba en el sacerdocio, la vida terminó por abrir otros caminos. Ninguno lo alejó demasiado de sus primeras preguntas.

 La diferencia es que ahora, después de décadas de estudio, sabe que las dudas también forman parte de su búsqueda.

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