UNA VOZ BAJO LA PIEL

Agencia Reforma

Monterrey, NL 11 junio 2026.- Para un actor o actriz, los camerinos son espacios de tránsito que se suspenden entre la realidad y la ficción. Ahí, los actores abandonan su rostro para asumir otro, y eventualmente, volver.

 Quizá por eso, el punto de partida de “El descenso de Psique”, presentada la noche del martes en Casa Musa, resulta tan sugerente: Una actriz ingresa al camerino, mientras que la radio transmite fragmentos del mito de Psique y el viaje al inframundo. Lo que sigue es un viaje hacia las profundidades de la identidad.

 Bajo la dirección de Carlos Aurelio, y con la interpretación de Monserrat Granados, la puesta trama con perspicacia tres monólogos de Darío Fo y de Franca Rame: “La mujer sola”, “La puta en el manicomio” y “La violación”. Y aunque cada uno posee autonomía dramatúrgica bien definida, la propuesta los funde mediante un dispositivo metateatral, que los convierte en estaciones que van y vienen en un solo recorrido interior.

 La actriz que interpreta Granados, atraviesa distintos espacios de representación: un camerino, un set televisivo y un set cinematográfico; y entonces, las fronteras entre personaje e intérprete comienzan a desdibujarse.

 La obra, acompañada por el eco persistente de la canción “Sabor a Mí”, de Eydie Gormé y Los Panchos, instala una temporalidad indefinida, suspendida en un pasado que insiste permanecer, como una frecuencia que continúa emitiéndose desde algún rincón del tiempo.

 Los complejos personajes femeninos de Fo y Rame, exhiben las contradicciones y mecanismos de opresión de la vida cotidiana. En la interpretación de Granados, estas mujeres se sumergen en la oscuridad de la marginación, la soledad y la violencia. Cada una, descendiendo a su inframundo.

 En “La mujer sola”, una mujer habla sin descanso, la aparente ligereza con la que se desenvuelve resulta cómica, pero pronto revela una desesperada necesidad de compañía. Habla para existir, para entenderse, justificarse y no desmoronarse en el silencio.

 Granados logra hacer visible lo que no está en la escena. A través del manejo del ritmo, cambios de energía y colocación de la mirada, el público observa el universo que la rodea, poblado de presencias ausentes. Una soledad, multitudinaria.

 Con “La puta en el manicomio”, la atmósfera cambia. Aparece una mujer áspera y frontal. Ella asume una identidad degradada y marcada por las heridas de su pasado. Se nombra a sí misma para evitar que los demás lo hagan; quizás así, entonces deje de ser.

 Entre historias y sets, pareciera que la actriz interpreta a mujeres distintas, hasta que se hace evidente que no, y es entonces cuando cabe la pregunta: ¿la violencia contra las mujeres termina repitiendo la misma herida una y otra vez?

 El metateatro, es decir, la representación teatral dentro del mismo, lo convierte en su propio espejo, borrando las distancias entre la representación y la vida, haciendo difícil distinguir donde termina una y comienza la otra. Esta, es la fuerza de la propuesta escénica. El público observa simultáneamente a quien interpreta y aquello que interpreta.

 Y en la acumulación progresiva de tensiones, llega “La violación”. Probablemente uno de los textos más contundentes de Franca Rame. Se presenta como un momento fuera del tiempo, y que siempre sigue ocurriendo en la oscuridad del ser.

 La dirección del monólogo se aborda con sobriedad y cuidado, depositándose en los recursos de Granados. El horror se revela en las marcas tanto del cuerpo y la memoria. La violencia sexual fractura su existencia y la obliga a reconstruir la relación consigo misma y el mundo.

 Así, el mito de Psique adquiere otra profundidad: la oscuridad es la confrontación con lo que resulta imposible de mirar, concretamente el sufrimiento humano.

 Sin embargo, tal y como ocurre en la catábasis, descender implica la posibilidad de volver; como la actriz al camerino después de interpretar. Ningún personaje regresa intacto de aquello que atravesó. Tampoco ninguna de estas mujeres. Algo se ha transformado en el trayecto.

 La propuesta de Carlos Aurelio encuentra en Monserrat Granados a una intérprete capaz de sostener este descenso con energía, ritmo y sensibilidad. Así mismo, el diseño del espacio escénico y la atmósfera sonora, contribuyen a consolidar el universo entre ficción y realidad.

 “El descenso de Psique” propone que toda transformación exige atravesar la oscuridad. Que hablar, como manifestación del ser, construye y destruye su existencia, y que las heridas, permanecen inscritas en el cuerpo y la memoria, como testimonio del recorrido.

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