Staff / El Mañana
La Cabalgata Guadalupana que “unió” a Ahualulco, Mexquitic y Real de Catorce dejó algo más que música, suertes ecuestres y devoción comunitaria respecto a los alcaldes de las tres demarcaciones. La imagen de la Virgen avanzó escoltada no solo por jinetes, sino también por miradas que notaron cierta sincronía poco habitual entre quienes, en teoría, gobiernan territorios distintos pero cabalgan demasiado parejo para ser coincidencia.
El acto, presentado como una muestra de fe y unidad regional, terminó pareciendo un ensayo cordial de coordinación política anticipada, donde cada saludo, fotografía y guiño amistoso dejó a más de un asistente preguntándose si la devoción fue el pretexto perfecto para medir terreno rumbo a los tiempos que —según la ley— aún no deberían discutirse. Pero la procesión avanzó sin sobresaltos, entre banda, caballos y un fervor que sirvió también como escenografía de acuerdos que nadie confirma, aunque todos comentan.
Lo cierto es que la cabalgata cumplió con su objetivo religioso y comunitario, mientras el resto quedó en el aire, tan evidente como no dicho.
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