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Anhedonia, ¿Por qué hemos perdido la capacidad de disfrutar?

Ana & Lisa

Hace tiempo notamos un lento enfriamiento emocional en las consultas. No hablamos de tristeza pasajera ni de melancolía, que son sabores normales de la vida; hablamos de algo más profundo: la pérdida de la capacidad de ilusionarse, de encontrar placer en aquello que antes nos movilizaba. A eso lo llamamos anhedonia, y sus señales están siendo cada vez más visibles en personas de distintas edades.

Vivimos en un entorno que premia la intensidad inmediata y el cerebro, diseñado para aprender con reforzadores, termina adaptándose: cuanto más fuerte y frecuente es la recompensa, más exige. Lo que antes bastaba para provocar placer deja de ser suficiente. Así se fragiliza la respuesta dopaminérgica y se reduce la capacidad de disfrutar  y no por voluntad, sino por cambios en la dinámica neurológica.

La anhedonia es ese “bajón” persistente en el que nada provoca interés ni gusto y es lo que experimentamos después de que la experiencia llena de estímulos cesa y se siente vacío. En la práctica clínica vemos cómo ese vacío se busca compensar con azúcar, compras desmedidas o conductas adictivas como un intento de recuperar sensaciones intensas que el mundo digital y el consumo ofrecen de forma inmediata.

Un principio que nos inspira es el concepto de hormesis mental: pequeñas dosis de esfuerzo o tensión intencionada pueden “activar” al cerebro. Lograr algo mediante esfuerzo sabiendo que la recompensa tomará tiempo, genera una sensación de logro que reenciende la motivación. Sigmund Freud definía la salud mental y la madurez emocional como la capacidad de amar y de trabajar, considerando ambos pilares fundamentales para una vida equilibrada, que nos permiten dirigir la energía a un otro y a la construcción de un propósito que genera sentido de vida.

La investigación sobre la tolerancia a la espera, sugiere algo relevante: los niños capaces de tolerar la frustración y posponer la recompensa desarrollan, con mayor probabilidad, recursos que los acompañan en la adultez. No se trata de imponer sufrimiento, sino de cultivar la capacidad de postergar y construir objetivos con sentido.

Proponemos tres ideas prácticas y concretas para la comunidad:

Recuperar pequeños retos: elegir metas alcanzables que requieran esfuerzo y tiempo para experimentar la recompensa diferida.

Reducir la sobreestimulación: momentos sin pantallas y límites al consumo impulsivo (alimentario y digital) para permitir que el cerebro reajuste sus umbrales de placer.

Fomentar relaciones y actividades con sentido: la conexión humana y el trabajo con propósito activan motivaciones profundas difíciles de reemplazar por estímulos efímeros.

No se trata de renunciar al placer ni negar el mundo digital o los alimentos procesados; se trata de decidir conscientemente qué tipo de placer queremos cultivar. Si aprendemos a valorar las recompensas que requieren tiempo y entrega, recuperamos la capacidad de ilusionarnos.

Si dejamos de buscar atajos, la motivación vuelve: requiere disciplina, conexión y proyectos que valgan la pena

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