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ANTE ABUSO INFANTIL, ES VITAL LA PRIMERA REACCIÓN

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Agencia Reforma

Guadalajara, Jalisco 12 septiembre 2026.- Cuando una niña o un niño revela que fue víctima de abuso sexual, la primera reacción del adulto que lo escucha puede influir más en su recuperación que cualquier terapia que reciba después, de acuerdo con especialistas.

 Integrantes de la asociación civil Principios de Vida Jalisco advirtieron que, aunque la atención psicológica especializada es indispensable, el proceso comienza mucho antes: en el momento en que el menor decide romper el silencio.

“El niño a veces solo necesita soltarlo. Ya lo viví, ya lo dije. Ese puede ser un primer paso en su recuperación. Pero si quien lo escucha empieza a llorar, a gritar o a reaccionar impulsivamente, el menor puede sentir que hizo algo malo al hablar”, explicó Marta Daniela Sánchez Muñiz, directora operativa de la organización.

Por ello, durante las capacitaciones que imparten a madres, padres, docentes y cuidadores, la principal recomendación es contener las propias emociones antes de responder.

“Guárdate tus emociones un ratito y apapacha”, resumió la especialista.

La organización, que desde hace casi 16 años trabaja en prevención de violencia sexual infantil y acompañamiento psicológico y jurídico, sostiene que muchas veces el daño proviene de la forma en que reacciona el entorno.

Alejandra Gutiérrez, coordinadora de Educación y Prevención de Principios de Vida, sostuvo que la reacción inicial puede hacer que el menor se sienta seguro o, por el contrario, que piense que cometió un error al revelar lo ocurrido.

“La reacción inmediata de quien recibe la revelación va a marcar si el niño siente que hizo bien en hablar o que debió quedarse callado”, señaló.

A ello se suma otro problema: las consecuencias suelen recaer sobre la víctima.

Cuando el agresor pertenece a la familia, explicó la psicóloga, con frecuencia es el menor quien cambia de escuela, deja de convivir con ciertos familiares, modifica sus rutinas o incluso abandona su hogar.

“Ellos sienten que las consecuencias son para ellos. Piensan: ‘si yo hablé, todo cambió’.

Entonces aparece la culpa y creen que debieron guardar silencio”, explicó.

Las especialistas señalaron que una de las secuelas más frecuentes no es únicamente la ansiedad o el aislamiento, sino la culpa.

Muchos menores terminan convencidos de que tuvieron alguna responsabilidad en la agresión porque el abuso suele ocurrir mediante manipulación.

“Dicen: ‘yo sí quise entrar al cuarto’, ‘yo sí acepté el chocolate’. Lo más difícil es ayudarles a entender que ninguna de esas decisiones justificaba la violencia que sufrieron”, explicó Sánchez Muñiz.

También observan que muchos niños intentan proteger a su propia familia. Con frecuencia modifican su conducta, ocultan información o incluso abandonan los procesos de denuncia para evitar que sus padres sufran o para impedir que el conflicto familiar continúe.

Las psicólogas advirtieron además que otro error frecuente ocurre dentro de las instituciones.

 Relatar una y otra vez la agresión ante distintas autoridades puede generar desensibilización, cansancio y hasta modificar el propio relato.

“Hay niños que ya lo cuentan de memoria porque se los han preguntado muchas veces. Otros llegan diciendo: ‘Ya no quiero volver a hablar de eso’. Ese hartazgo también afecta el proceso terapéutico”, indicó Gutiérrez.

Por ello consideraron indispensable que todas las personas involucradas cuenten con capacitación específica para evitar la revictimización.

“Muchas veces creemos que todo empieza cuando el niño llega al psicólogo. En realidad empieza mucho antes: cuando decide confiar en un adulto y contar lo que le pasó”, concluyó Sánchez Muñiz.

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