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Staff / El Mañana
Con el arranque de la temporada de cosecha, los municipios de Tamazunchale, Axtla de Terrazas y Matlapa concentran la mayor parte de la producción estatal de este cítrico.
Con el cambio de estación y la llegada de los meses más frescos del año, los campos y laderas de la región Huasteca comienzan a transformarse visualmente. El verde intenso de la vegetación tropical cede el paso paulatinamente a las tonalidades amarillas y naranjas que anuncian el inicio formal de la temporada de recolección de mandarina. Esta actividad agrícola, profundamente arraigada en la economía de las comunidades rurales del sur del estado, concentra su mayor dinamismo en tres municipios clave que fungen como el auténtico corazón citrícola de San Luis Potosí.
De acuerdo con los registros del sector agropecuario, la superficie destinada al cultivo de este fruto abarca más de dos mil hectáreas sembradas en la zona, destacando de manera sobresaliente el municipio de Tamazunchale, el cual encabeza la aportación estatal al concentrar más de siete mil toneladas anuales, lo que representa cerca del 41.5 por ciento del volumen total cosechado en territorio potosino. Junto con Axtla de Terrazas y Matlapa, esta franja territorial aporta una proporción abrumadora de la mandarina que posteriormente se comercializa en los mercados locales y de otras entidades del país.
Sin embargo, los productores locales enfrentan año con año retos considerables para mantener la productividad de sus huertas. Las estadísticas oficiales revelan que la gran mayoría de la superficie cultivada carece de sistemas de riego tecnificado, lo que significa que aproximadamente el 95 por ciento de las huertas dependen enteramente del temporal y de la abundancia de las lluvias estacionales. Esta dependencia climática expone a los citricultores a las variaciones en el régimen de precipitaciones, convirtiendo cada ciclo agrícola en un reto de resistencia para las familias que dependen directamente de esta actividad económica.
Antes de llegar a los anaqueles de los mercados y a los hogares mexicanos —en un periodo que comprende habitualmente de octubre a febrero—, el fruto requiere de un proceso laborioso de cuidado, poda, recolección manual y acopio. Los jornaleros y pequeños propietarios realizan el corte de manera artesanal para evitar daños en la cáscara, asegurando que el producto conserve la calidad que lo distingue en las plazas de abasto de la región.
A pesar de las dificultades logísticas y la falta de infraestructura hídrica, la mandarina sigue siendo un pilar fundamental en el paisaje rural y económico de la Huasteca. Los productores insisten en la necesidad de voltear la mirada hacia el campo sureño, impulsando programas de tecnificación y apoyos directos que permitan blindar las cosechas ante los cambios climáticos, garantizando así la subsistencia de cientos de familias que encuentran en este cítrico su principal fuente de ingresos.


















