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DAVID FAITELSON/ ‘ME SUBO AL BARCO…’

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David Faitelson

Agencia Reforma

Ciudad de México 25 junio 2026.-Antes de que sea tarde y, por si las dudas, me subo al barco.

El cielo encapotado parecía presagiar una tormenta. Un ligero viento sopla en dirección a los volcanes. Ni una gota de lluvia ha caído sobre el césped del Azteca, mientras las tribunas deliraban, entre los gritos de “Ochoa, Ochoa.” y los tonos del “canta y no llores”. Déjenme soñar, aunque sea despierto, aunque sea consciente, aunque sea con sobresaltos. Déjenme soñar.

Debió haber sido una de las noches más sagradas en la historia del futbol mexicano. Y es que hubo tiempo para todo: tercer triunfo consecutivo, paso perfecto en la ronda de grupos, la aparición del futbolista más prometedor de esta generación, la emotiva despedida de uno de los mejores porteros en la historia y nuevos vientos de esperanza para una nación que la pide a súplicas. ¿Qué más se puede pedir?

Desde las tribunas y hasta las calles. México reacciona a lo que ya ha tomado dimensiones de una hazaña.

Parecía que era la velada de uno y terminó siendo la del otro. La del número “19” que se mueve de un lado hacia a otro en un pequeño sector de la cancha muy poblado de jugadores contrarios. Gira, se pone de frente a la portería, filtra el balón y luego levanta las manos al cielo. Vuelve a pedir la pelota, choca contra la espalda de Krejci (1.91 metros) y recarga sobre el hombro de Hranac (1.90 metros). Gilberto Mora tiene un “GPS” en la cabeza. Piensa rápido. Ve huecos que otros no ven. Su movilidad, su inteligencia, su desfachatez y su cara de niño, un rostro manchado por las huellas del acné. Él logró cambiarle el semblante al equipo. Le dio otro tipo de opciones y generó que México brindara sus mejores minutos del torneo.

Eran las 8 de la noche con 37 minutos. Javier Aguirre lo tomó de los hombros. Lo miro fijamente y le dijo: “Es su turno. Vas a jugar”. Y rompiendo toda la solemnidad competitiva de una Copa del Mundo -cosa que a mí, en lo personal, no me gusta- se le brindó un merecido homenaje al portero de seis mundiales. Y Ochoa corrió hacia la portería norte, se colocó bajo los tres postes, elevó la mirada al cielo y lloró. No era necesario ver las lágrimas. Estaba llorando. Iba a cerrar su carrera en un juego de Mundial en la cancha que lo vio debutar.

Pocas veces había visto a una afición en tal grado de éxtasis, desenfreno y locura. Un padre que abraza a sus hijos. Una señora con los ojos enrojecidos, un chico que no deja de cantar y otro que con los puños cerrados imploraba al cielo. El Azteca estaba emocionado mientras Álvaro Fidalgo firmaba el 3-0 de una jornada que no tenía porqué terminar.

El miércoles 24 de junio del 2026 está lleno de postales imborrables: El “niño” Mora, con su expresión inocente, que todavía no sabe exponer todas las emociones; Guillermo Ochoa, volando por los aires vitoreado por sus compañeros. Aguirre abrazado de Rafa Márquez. Es como si el futbol conociera un estado zen que nunca antes había experimentado.

Falta mucho camino, pero la realidad es que de una Selección que generaba preocupación, que tenía aromas de desastre, hoy parece inmersa en un mundo donde todo le sale. Está inmersa en un ambiente de risas, de alegría, de pasión, de identidad y de un positivismo exagerado. Así que, por si las dudas, me subo al barco: Déjenme soñar.

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