¿DONDE ESTÁ ÁNGELES?

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Staff / El Mañana

A las 4:30 de una madrugada del pasado mes de junio, María de los Ángeles Rodríguez López salió del cuarto que rentaba. Llevaba una mochila, algunos cambios de ropa y hablaba por teléfono. Una de sus compañeras de vivienda escuchó sus pasos, después nadie volvió a verla allí.

La puerta se cerró detrás de ella y dejó una pregunta suspendida en la casa, ¿a dónde iba Ángeles?

Tiene 27 años. Dejó la carrera trunca de Física en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. También es colaboradora en un laboratorio de investigación y forma parte de La Tuna Cuántica, un grupo universitario que acerca la ciencia a la gente de manera lúdica. Quienes la conocen saben de su inteligencia y su talento para explicar aquello que a otros les parecía difícil. Había construido una vida alrededor del conocimiento y, para sostenerla, trabajaba como cajera en Soriana Tangamanga.

A finales de mayo de 2026, perdió ese empleo. El golpe llegó cuando dependía de ese ingreso para pagar la renta y continuar con sus planes. El arrendador Ricardo Ruiz comenta que, Ángeles le pidió tiempo para cubrir el adeudo, le dijo que se había quedado sin trabajo y que necesitaba entre mes y medio y dos meses. Él aceptó esperar, porque durante el año y medio que vivió ahí ella había pagado puntualmente y no le había causado problemas.

Pero, con el pasar de los días , algo cambió. El hombre la describe como una joven seria, estudiosa y respetuosa, pero, en sus últimas semanas la notó distante. Dejó de saludar. Entraba y salía sin detenerse. También vendió la motocicleta en la que se trasladaba.

A principios de junio, Ángeles habló con uno de sus amigos durante su titulación. Le dijo que dejaría de estudiar; no tenía dinero y ya no podía continuar. Fue una despedida breve, sin demasiadas respuestas. Quienes la trataron por esas fechas también notaron un cambio, como si de pronto hubiera dejado de importarle todo. Nadie sabía entonces que aquellas palabras podrían revelar una posible crisis o un problema.

La habitación que alquilaba está situada en la calle Bartolo Guardiola, en la planta alta de una casa dividida en cuartos. Se llegaba por una cochera cargada de materiales y objetos, y luego por unas escaleras. Arriba, varias inquilinas compartían un baño, una lavadora, una pequeña cocina con parrilla y una sala estrecha. El portón gris, el desorden y los espacios mínimos componían un escenario de encierro, un lugar ajeno e impersonal donde cada quien intentaba acomodar su vida.

Ángeles había llegado ahí después de salir de la casa familiar. Sus amigos, algunos cercanos desde la primaria y la secundaria, sostienen que su hermano la corrió. También describen una relación difícil con su madre, a quien recuerdan exigente y fría con ella, y más favorecedora con el hijo. Son testimonios que explican cómo sus amistades entendían el pasado de Ángeles.

Sus compañeros recuerdan a una niña de buenas calificaciones, inteligente y tímida, que en ocasiones llegaba llorando a la secundaria y se ponía nerviosa cuando tardaban en recogerla. Para ellos, Ángeles parecía más tranquila lejos de casa.

Una madrugada del pasado mes de junio, salió con su mochila. La mujer que dormía en el cuarto frente a las escaleras fue la última persona de la vivienda que, la escuchó marcharse. Hablaba por teléfono. No se sabe con quién ni qué dijo.

Pasaron los días. El teléfono de Ángeles dejó de responder; las llamadas terminaban en buzón o indicaban que el número no estaba disponible. El arrendador cuenta que ella le había pedido que no le enviara mensajes y que mejor la llamara. Le habría dicho que ese teléfono se lo había dado su hermano y que la vigilaban por medio del dispositivo.

Cerca de tres semanas después de que dejaron de verla, el arrendador acudió a Soriana donde buscaba saber de ella y también necesitaba desocupar el cuarto. En la tienda no le dieron información; dice que tampoco la reconocieron hasta que él la describió. Después acudió al área de recursos humanos y le respondieron que no podían compartir datos porque no era familiar directo. El hombre asegura que pidió que avisaran a la familia.

De acuerdo con los testimonios disponibles, la madre y el hermano fueron enterados desde mediados de junio de que Ángeles no aparecía, ¿por qué no hubo una búsqueda familiar visible ni una denuncia inmediata? Cuando una persona desaparece, el silencio de quienes podrían conocer sus rutinas, temores y vínculos puede costar tiempo que no sobra.



Tiempo después se encontró una tableta entre las pertenencias de Ángeles dejadas en su cuarto de alquiler. En la cual una persona conocida del arrendador logró consultar una ubicación del teléfono asociada con una comunidad de Monterrey. Esa pista no permite asegurar que Ángeles estuviera allí cuando desapareció ni que la localización fuera precisa. Sin embargo, el arrendador reconoció que no acudió entonces a la Fiscalía por temor a meterse en problemas.

El arrendador terminó sacando las cosas del cuarto; algunas fueron donadas y otras quedaron en manos de un amigo de Ángeles.

Las pertencencias abandonadas por Ángeles muestran ciertas caracteristicas de su vida. Esa tableta electrónica pareciera indicar que la joven tenía planeado regresar a su cuarto.

La búsqueda formal llegó después. Emilio, amigo de Ángeles, acudió con el arrendador por algunas de sus cosas y, junto con amistades de la UASLP y personas vinculadas a los grupos de divulgación científica, impulsó la denuncia y la ficha de búsqueda ante la Fiscalía General del Estado.

No fueron la madre ni el hermano quienes, para los amigos de Ángeles, encendieron la alarma pública. Fueron quienes notaron su ausencia porque ella dejó de contestar, de asistir al laboratorio y de aparecer en los espacios donde solía estar.

Cuando la Fiscalía acudió a la vivienda, se llevó la tableta y otros objetos para iniciar las diligencias. De Ángeles quedó apenas una caja de cartón con un teclado, un libro para colorear de Kuromi, una bolsa con un poco de arroz, un gafete, pegamento y cosas sueltas. Una caja mínima para una vida que había tenido proyectos, amistades, clases, ciencia y planes.

El 9 de octubre, agentes de investigación buscaron a la madre para obtener información, según los datos proporcionados, ella se negó a colaborar y agredió verbal y físicamente a un policía.

También circularon mensajes atribuidos al hermano, dirigidos a amistades que compartían la ficha. En ellos les cuestionaba que quiénes eran para publicar información de su hermana y decía que alejarse de las redes no significaba estar desaparecida.

Aun así, la pregunta de sus amigos sigue en pie, Ángeles no solo dejó las redes. Dejó de responderles, de ir a la universidad, de acudir al laboratorio y dejó atrás ropa y objetos personales. ¿Cómo puede afirmarse que está bien si nadie cercano lo ha acreditado públicamente? ¿Por qué no acudir ante las autoridades y ayudar a despejar las dudas?

Casi cinco meses después, quienes la buscan se aferran a una posibilidad. A principios de año, Ángeles le habría contado a su amigo Heriberto que estaba comprometida y que quería irse a vivir a la Ciudad de México. Tal vez comenzó una vida nueva, lejos de un entorno que le dolía. Tal vez está en Monterrey o en otro lugar, aislada, intentando sanar. Tal vez su ausencia fue una decisión propia.

Es la esperanza que sus amigos desean conservar, imaginarla a salvo, cumpliendo sus planes y encontrando la felicidad que, según quienes la conocieron, tantas veces le faltó. Pero la esperanza no reemplaza una señal de vida. Y mientras no aparezca, tampoco borra las preguntas.

Ángeles fue una flor brillante, curiosa, inteligente, capaz de acercar la física a otros y de imaginar un futuro distinto. Si se marchó para empezar de nuevo, que haya encontrado tierra fértil y tiempo para florecer. Si algo le ocurrió, que la búsqueda alcance pronto la verdad.

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