Política sapiens
Octavio César Mendoza
Primero que nada y antes que todo, damas y caballeros, niñas y niños, pájaros y peces, quiero lanzar el cebo de una epistemológica pista: el filósofo busca la verdad porque la ama; en tanto el filodoxo aprecia la opinión porque le encanta abrir la boca. En un país (el nuestro, por ejemplo) donde abunda la opinión y se adolece de aproximación a la verdad, no digamos de apego absoluto a ella, opinar es fácil porque la carga genética de verdad en la opinión es mínima y, en tiempos de posturas políticamente correctas o criterios éticos estandarizados y colectivizados, el pensamiento zetético priva por encima del determinismo filosófico.
En “españero” esto significa que, como diría Salmónides, irse con la corriente mayoritaria es mucho más sencillo que remontar la corriente individual para ir a desovar pensamientos certeros en lo alto del río. La opinión cubre, de forma homogénea, la materia gris de las mayorías y las vuelve impermeables a la verdad. Eso sería normal, y cualquier pensador crítico y objetivo no se preocuparía más que en ir por su café y su barra de pan de cada día si, a pesar de todo, se respetara el espíritu ascético de dicho individuo cuya vestimenta y dientes descuidados, además, choca con la apreciación estética moderna de la apariencia impoluta nivel zona platino plus.
Pero nones, mis chavos, porque hoy en día las corrientes mayoritarias desean imponer su visión del mundo y se han vuelto absolutamente militantes y maniqueas. Va un ejemplo: el amor y la paz que profesa el cristianismo se percibe como una amenaza para el islam donde el paraíso sólo pertenece a los varones y es carnal, más que espiritual; pero si decir esto ofende al pensamiento gubernamental, entonces el aparato dominante va a imponer una sanción contra el libre pensador y le va a obligar a desmentir esa verdad porque en la opinión de la vox pópuli se trata de una actitud que violenta los Derechos Humanos y desafía los convencionalismos del consenso.
Pero precisamente por eso debemos defender los postulados racionales, amigos y enemigos, porque son estos los que agrietan el muro de los totalitarismos y se abren paso hacia la verdad que, en su esencialidad más auténtica, se convierte en libertad. Digamos que la opinión crítica se vuelve necesaria cuando la postura autocrítica no nos ofende, sino que nos libera. Un librepensador, ad eternitas, reconoce y acepta todos sus defectos porque eso es tener la voluntad de aproximarse a la verdad; pero un dogmático, principista, adoctrinado férreo defensor de las causas del sistema no va a entender ni madres de esto y va a adoptar el sofismo como estrategia discursiva.
Lo malo de todo este rollo es cuando se pierden los equilibrios y eso sirve a los intereses de los dueños de la punta piramidal del poder en turno para aplastar a las minorías, entre estas al parcialmente invisible intelectual. Y cuidadito con decir que eso puede llenar de tractores el zócalo, porque el stablishment punishment va a hacer lo necesario para desaparecer esa imagen de la mente de las castas mayorías diciendo que son provocaciones de la derecha ultraderecha en corrimiento hacia el azul donde los límites de la materia chocan con los de la antimateria. Existe, gracias a Cristo Rey, la libertad de expresión en México. Ergo, filósofo y filodoxo coexisten.
Repensar, escuchar y atender los reclamos de justicia, es cohesionar al pueblo. En una sociedad donde caben todos, y donde la opinión de todos es importante, es más probable que se mantenga la paz ontológica y la gobernabilidad material. No sé, piénsalo.
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