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César Cedillo
La escena ocurrió lejos de los reflectores, en una oficina del aeropuerto de Ciudad Juárez. Pero la discusión privada entre Claudia Sheinbaum y Maru Campos terminó convertida en asunto nacional: ocho o diez minutos de gritos, según la gobernadora, en una reunión que ambas reconocieron como tensa. El detonante fue la controversia por la participación de agentes estadounidenses en un operativo en Chihuahua; el combustible, los reproches sobre responsabilidades y seguridad.
Campos decidió contar su versión después de afirmar que había sido atacada durante varios días en “La Mañanera”. Lo hizo con tono desafiante, sin disimular el enojo ni parecer preocupada por la respuesta de Palacio Nacional. Se negó a dejar el relato exclusivamente en manos de la Presidencia. Pero revelar una conversación reservada también convierte una diferencia institucional en espectáculo.
Hay un dato que vuelve la escena significativa: México vive un tiempo de mujeres. Una presidenta y una gobernadora protagonizan una disputa que antes habría tenido como figuras centrales a dos hombres. Ellas marcan la agenda, disputan el relato y exhiben la fricción entre el gobierno federal y una administración estatal opositora. El avance femenino no exige imaginar a las mujeres inmunes al temperamento o al cálculo; exige juzgarlas con la misma exigencia pública que a cualquier gobernante.
La discusión puede trascender el episodio. Con las elecciones de 2027 en el horizonte, Campos emerge como figura visible de la oposición, en un escenario donde los partidos contrarios a la Cuarta Transformación han tenido dificultades para articular una respuesta sostenida. No anticipa un resultado electoral, pero le ofrece una plataforma nacional y coloca a Chihuahua en el centro de la disputa.
El fondo no son los gritos, sino lo que está en juego: la soberanía nacional, la seguridad y la responsabilidad de quienes gobiernan. México no necesita una batalla de versiones, sino explicaciones claras y hechos comprobables. Que dos mujeres ocupen el centro del poder es una conquista histórica; eso no las exime de rendir cuentas. En política, alzar la voz puede imponer una narrativa, pero solo la verdad, las decisiones y los resultados sostienen la autoridad.















