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Desde la banqueta
Ericka Segura.
Imagínate no ser mexicano. Imagínate no saber lo que significa abrazar a un desconocido después de un gol, salir a una calle donde nadie te conoce y aun así sentir que todos son parte de tu familia. Imagínate no entender por qué un país entero puede detenerse noventa minutos y olvidar por un instante el cansancio, las preocupaciones y las heridas.
Porque el mexicano es distinto. Convierte cualquier victoria en una fiesta colectiva. Hace de las banquetas una mesa, de una bocina un concierto y de un extraño un amigo. Tenemos una extraña capacidad de reír en medio de la tormenta y de encontrar luz incluso cuando el país parece empeñado en oscurecerse.
Y vaya que México venía necesitando un respiro.
Porque 2026 y 2027 también han dejado cicatrices, violencia que sigue robando vidas, desapariciones que continúan arrancando hijos de sus hogares, familias enteras buscando respuestas y un país que muchas veces parece acostumbrarse demasiado rápido al dolor.
Por eso esta selección hizo algo que va más allá del futbol. Le recordó a millones que todavía somos capaces de emocionarnos juntos, de sentir orgullo y de creer otra vez.
Pero los festejos no deben hacernos olvidar algo importante, la culpa nunca ha sido de los mexicanos. La verdadera lección la volvió a dar el propio gobierno federal.
Porque cuando quiso coordinarse por un Mundial aparecieron operativos, recursos y organización inmediata. Si existe capacidad para mover al país por una fiesta deportiva, ¿por qué no para acompañar a las madres buscadoras?
Ellas sólo piden encontrar a sus hijos.
Qué orgullo ser mexicano. Qué dolor que la verdadera final siga jugándose fuera de la cancha.














