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Staff / El Mañana
El veterano cantante español apaga velitas en su lujoso retiro mientras dos exempleadas lo traen en la mira por supuestos abusos y coacción laboral bien pesados.
¡A sus 83 años, al “latin lover” de las baladas se le armó la gorda pero sabroso! Julio Iglesias celebró un año más de vida, pero lejos de recibir puras felicitaciones y mariachis, lo que anda rondando su mansión son los expedientes judiciales y un ambiente más pesado que plomo. Mientras él se da sus buenos chapuzones en las playas de Punta Cana, la realidad es que el pasado lo persigue con colmillo retorcido y huele a puro escándalo de faldas y poder.
Resulta que la pachanga de cumpleaños llega justo en medio del huracán mediático que armaron dos de sus exempleadas. Las doñas, con el apoyo legal de la organización Women’s Link Worldwide, decidieron mover el avispero y entablaron una nueva querella en España. ¿El motivo? Las acusan de haber sufrido agresión sexual, acoso sinvergüenza y hasta condiciones de trabajo forzado cuando chambeaban en las mansiones que el divo tiene bien escondidas en Bahamas y la República Dominicana.
Los relatos que se cargan en la denuncia están para arder en llamas y no son cualquier cosa. Las extrabajadoras soltaron la sopa de que el intérprete de “Me olvidé de vivir” se portaba como todo un tirano prepotente, exigiéndoles jornadas de hasta 16 horas diarias, quitándoles el celular y, lo más grave, manoseándolas a la fuerza, pasándose de la raya con insinuaciones indecorosas y soltándoles tremendo catálogo de humillaciones verbales nomás porque él sentía que tenía el sartén por el mango gracias al dineral que maneja.
Por supuesto que el artista salió a defenderse con uñas y dientes, negando todo el sainete y tachando las acusaciones de ser “absolutamente falsas”. Sus abogados defensores han querido minimizar el golpe asegurando que la justicia española ni picha ni cacha porque los hechos pasaron en el extranjero. Sin embargo, las demandantes no planean soltar la presa tan fácil y buscan por cielo, mar y tierra que la ley europea le caiga encima y no se quede impune nomás por tener fama mundial.
Mientras los jueces se rascan la cabeza analizando si procede o no la investigación internacional, el divo prefiere hacerse de la vista gorda y disfrutar de su vejez entre lujos caribeños. La gran duda que flota en el aire es si este titán de la música romántica terminará pagando los platos rotos de sus supuestos excesos del pasado o si todo se va a quedar en un simple chisme de banqueta de ricos y famosos. Lo que es un hecho es que la corona de santo ya se le cayó hace buen rato.
















