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Ana & Lisa
Hace unos días, las páginas de este periódico compartían un dato estadístico muy valioso para abrir la conversación: en el último año, el porcentaje de mujeres que reportaron ser víctimas de ciberacoso bajó del 26.9% al 20.8%. Que un medio ponga luz sobre este problema es un paso fundamental, y ver una reducción en el papel siempre invita al optimismo. Sin embargo, el verdadero reto está en cómo recibimos esa noticia como sociedad. Aunque bajó, no es suficiente. Que la cifra disminuya no significa que el problema esté resuelto ni que debamos archivar el tema; al contrario, nos exige seguir hablando de ello con más fuerza. Estamos hablando de que, hoy en día, una de cada cinco mujeres sigue enfrentando hostilidad en el entorno digital, una realidad que se ensaña con especial fuerza en el rango de los 20 a los 29 años. En una etapa de la vida donde los proyectos profesionales, la socialización y la identidad se tejen inevitablemente en línea, no podemos permitirnos caer en la autocomplacencia.
El peligro real de conformarnos con que las cifras bajen es que corremos el riesgo de normalizar lo que queda de ese porcentaje. Hemos construido un ecosistema social y digital donde la violencia se disfraza de “folclore de internet”. El comentario despectivo sobre el cuerpo en una foto, el mensaje privado e insistente de un desconocido que no acepta un “no”, o el rastreo obsesivo de los movimientos de alguien —lo que coloquialmente llamamos stalkeo— se han vuelto el paisaje cotidiano de las redes. Minimizamos a los agresores llamándolos simplemente haters, trolls o “intensos”, como si su conducta fuera un defecto inevitable del sistema. Al hacerlo, desplazamos la responsabilidad de la agresión hacia la víctima, repitiendo frases tan comunes como “pues cierra tu cuenta” o “bloquéalo y ya”. Como si la solución a la violencia fuera el autoexilio digital, y como si el precio a pagar por habitar el internet fuera el aguantar el hostigamiento.
Esta dinámica convierte al ciberacoso en una lucha profundamente silenciosa y solitaria. A diferencia del acoso callejero o laboral, del cual se puede huir al llegar a casa y cerrar la puerta, la violencia digital no respeta los espacios seguros. Se mete contigo a la habitación; está en el teléfono que revisas antes de dormir y es lo primero que aparece al despertar. Es silenciosa porque cuesta explicarla: intentar transmitir a otros —muchas veces de distintas generaciones— la ansiedad que provoca una ola de comentarios o una bandeja de mensajes privados puede ser agotador y frustrante. Ante la falta de comprensión exterior, surge la duda interna. La víctima se cuestiona constantemente si estará “exagerando”, precisamente porque el entorno insiste en que, al no haber un contacto frente a frente, “no es para tanto”.
Pero es momento de desmontar ese mito con urgencia: lo virtual es real. Que una agresión no deje una marca física o un moretón visible en la piel no le resta un ápice de gravedad. El impacto en el sistema nervioso y en la salud mental es idéntico al de cualquier otra forma de violencia. El vuelco en el estómago cada vez que suena una notificación, el miedo paralizante a que expongan tu vida privada, la paranoia de no saber quién está detrás de un perfil falso y la humillación pública digital provocan un desgaste emocional profundo y devastador.
El dolor que causa el ciberacoso es real, y por lo tanto, la violencia también lo es. Que los datos muestren una tendencia a la baja es una señal de que el tema está sobre la mesa, pero no una excusa para bajar la guardia. No podemos normalizar el hostigamiento; es hora de dejar de exigirle a las mujeres que aguanten la violencia digital como si fuera el costo inevitable de entrada al mundo moderno.














