Dante Virgilio
Dijo un grandioso poeta potosino (cuyo nombre ya he olvidado) que el nombre es una máscara de oxígeno y un traje de neopreno para nadar en aguas invisibles; o algo así, pero lo dijo. Lo importante es que ese nombre que nos brinda nuestra primera identidad es, también, una condena. Nombre es destino, dirían los antiguos romanos; aunque los modernos remonos pueden llamarse Washington Bryan Pérez López y eso no cambia nada y hay que seguir en la batalla cotidiana y mañana muchos, la mayoría de nosotros, habremos de levantarnos para reforzar rutinas eternas.
Esto me remite a la proximidad del inicio del viernes corto que asoma su rostro detrás de la puerta con una sonrisa chueca y una mirada pícara: hay que cerrar las actividades a las tres de la tarde de hoy como si nos apellidásemos Rockefeller, e ir con la prístina consciencia de un Marco Aurelio a pasear nuestro cadáver exquisito con la idea de pasarla chido, aunque sea una tarde, fuera de presiones personales y exigencias ajenas. Y es que, dentro de nuestro clan, donde compartimos nombres familiares y linajes extensísimos, es donde se encuentra la verdadera felicidad.
No digo que haya que salir corriendo a llenar los restaurantes y agotar las ofertas de fin de temporada bajo el pretexto de que nos llamamos Juan, sino que entendamos todos los Pedros de este mundo que algo tan simple como encender la TV y abrazar a nuestros seres amados y reír de pronto con las anécdotas geniales de un personaje de alguna serie que nos recuerda nuestra infancia (ok, sólo la de algunos) nos puede salvar de un mal día, una mala semana, un mal mes, un mal año o un malalechismo mental inducido por esos parásitos espirituales cuya nomenclatura omito.
Por consecuencia va esta invitación digital o impresa en El Mañana (su diario de confianza) para que hoy (hoy, hoy, hoy) se lance a decir los nombres de su pareja, sus hijos, sus amigos o sus ídolos con la alegría de quien reconoce en ellos parte de su humana existencia. Ese acto maravilloso de nombrar, incluso a la mascota, es un regalo que nos hacemos a nosotros mismos sin que haya fecha pretextada para ello. Decir el nombre de quienes amamos puede sanarnos de cualquier dolencia emocional, y unirlo con un “Te amo” puede ser la mejor manera de salvar al otro.
Se lo dice Dante Virgilio Pérez López, para servir a Usted.
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