Si usted fue parte de esa generación de damas y caballeros educados para poner a salvo a la humanidad a través del amor y el cuidado que se prodiga a los seres queridos, ¡felicidades!, porque en estos tiempos la sociedad occidental sufre una crisis de identidad que impacta en los valores que nos forjaron como civilización, a tal grado que existen humanos tan deshumanizados que quieren ser perros, gatos, peces o lámparas de buró.
Es por el amor y el cuidado que el ser humano reconoce su valor y dignidad, lo que a su vez le otorga un lugar en el mundo; además, si eso se traduce en enseñanzas profundas y valiosas como las que se cultivaron y atesoraron durante generaciones, como la de educarse para ser alguien en la vida, la de defender a la familia contra todo tipo de amenaza, la de ser respetuoso y convivir pacíficamente, o la de ser feliz sirviendo a los demás, más que mejor.
Pero también necesitamos de los instantes sencillos carentes de filosofía profunda, como comer una nieve o contemplar el atardecer, para reencontrarse con el amor genuino. Eso nos ocurre a mi siempre amada y quien esto escribe, y cada simple acto de ternura nos salva de los días terribles, porque la suma de aquellos representa un ladrillo de un castillo hecho de recuerdos felices donde podemos habitar mientras afuera suceden las tormentas, las guerras y los accidentes automovilísticos.
A falta de vehículo o dinero, ella y yo caminamos largos y lentos kilómetros a casa; y si lejos de casa, nos metemos al cine a contemplar una versión posmoderna de Cumbres Borrascosas para abrazarnos. Cuando la angustia por el trabajo o el negocio nos quiere someter bajo su yugo, nosotros nos soltamos danzando. No cabe duda de que el amor también es un aprendizaje constante, pero sus clases son tan humildes como tejer una estola de flores silvestres para celebrar un cumpleaños en una playa.
¡Qué suerte que ambos nos identificamos como seres humanos! —me digo mientras tomo su mano y caminamos amorosa y homínidamente erguidos.













