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Por qué el Orgullo Necesita Más que Nunca de Nosotros

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Ana & Lisa

Apenas hace unos días hablábamos en este espacio de la euforia colectiva que despierta el Mundial, de esa capacidad casi magnética que tiene el fútbol para volcar la atención del planeta entero hacia un solo lugar. Las pantallas se inundan de partidos, las marcas saturan sus presupuestos en campañas futboleras y la conversación pública se monopoliza. Sin embargo, este año, esa misma marea mediática ha generado un efecto colateral silencioso: junio ha avanzado y las calles, habitualmente pintadas con los colores del arcoíris durante el mes del Orgullo LGBT+, se sienten extrañamente opacadas.

Es una realidad innegable. La coincidencia del calendario ha hecho que la visibilidad de las marchas y el activismo pase a un segundo plano. Marcas que en años anteriores cambiaban sus logotipos y abarrotaban las redes con discursos de inclusión hoy han guardado un perfil bajo, demasiado ocupadas subiéndose a la tendencia del balón. Este fenómeno nos deja una lección incómoda pero urgente: la apertura social y el apoyo corporativo que creíamos haber conquistado siguen siendo, en gran medida, condicionales y cosméticos. Si el Orgullo compite con el rating de un partido y pierde su espacio, es porque la inclusión todavía se trata como una campaña de temporada y no como un compromiso humano permanente.

Precisamente por eso, este año no podemos permitirnos apartar la mirada. Es fácil caer en la trampa de pensar que “ya se habla demasiado del tema” o que las nuevas generaciones lo tienen todo resuelto porque consumen contenido más diverso en streaming. Pero la representación en una pantalla no se traduce automáticamente en seguridad en las calles, ni mucho menos dentro de los hogares. Detrás de la aparente apertura de los medios, el tema sigue siendo un tabú arraigado que se manifiesta en formas más sutiles pero igual de dolorosas: en la tolerancia que se condiciona al “está bien, pero no lo demuestres en público”, o en el aislamiento silencioso de quien teme defraudar a los suyos.

El propósito de insistir en este foco no es desvalidar los sentimientos ni los temores de nadie. Para una familia, para un padre o una madre, encontrarse con una realidad que no comprenden o para la que no fueron educados puede ser un proceso profundamente difícil, lleno de dudas y de contradicciones emocionales. Nadie nace sabiendo cómo transitar estos cambios. El activismo y la visibilidad no buscan juzgar esa confusión, sino ofrecer información, educación y herramientas para abordarla. Necesitamos educar a las generaciones actuales para que dejen de ver la diversidad como una amenaza, y dotar a las nuevas generaciones de una estructura emocional que les permita entenderse sin culpa.

Cuando la atención pública se distrae con el evento masivo del momento, la responsabilidad de construir y sostener esos lugares seguros recae en la comunidad y en nuestro entorno más cercano. Si hoy tienes a alguien alrededor —un amigo, un hermano, un hijo— que está transitando por este camino, el mayor acto de amor y empatía es seguirnos educando, derribar nuestros propios tabúes y ofrecer una escucha sin juicios. Un espacio seguro empieza ahí: en la certeza de saber que no se tiene que calcular el costo psicológico de ser quien eres ante las personas que te importan.

A ti, que quizás estás leyendo esto y te sientes abrumado por el ruido del entorno o por el peso de tu propio proceso, queremos recordarte que no estás sola, ni solo, ni sole. Tu identidad es válida, tu sentir es real y tu existencia importa. Aunque el mundo exterior a veces parezca mirar hacia otro lado o el camino se sienta increíblemente difícil, hay una red inmensa dispuesta a sostenerte y abrazarte. Hay lugares seguros esperándote, y estamos aquí para asegurarnos de que sigan existiendo. No estás solo.

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El Mañana San Luis

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