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La fiesta terminó y llegó la cruda realidad. Ahora, la radio y la televisión se inundarán de polémicas y discusiones sobre el desempeño del futbol mexicano; habrá tinta y saliva desperdiciadas aquí y allá. Pero, antes de caer en el ruido mediático, es necesario entender por qué quedó eliminado el equipo. Se hablará mucho de los problemas estructurales del balompié nacional, pero poco se analiza el fondo de por qué no se pudo ganar.
En primer lugar, hay que reconocer y aplaudir la entrega de los futbolistas: corrieron, metieron la pierna y fueron obedientes a su entrenador. Con actuaciones que ilusionaron a todo un país, recuperaron el orgullo de vestir la camiseta verde, la cual, en años recientes, había sido devaluada por llamados carentes de méritos y del perfil necesario para portar una casaca que pesa y no es para cualquiera. “El Vasco” impregnó un deseo de triunfo que se vio culminado con cuatro victorias seguidas en la Copa. Por ello, felicidades.
México vs. Inglaterra El error táctico
El domingo 5 de julio de 2026, las condiciones estaban dadas para vencer a una potencia futbolística. Un equipo entregado, el buen momento individual de varios jugadores y una afición volcada, dentro y fuera del estadio, que creía en ellos tras un paso impecable y el buen futbol desplegado ante Ecuador. Sumado a la altura de la Ciudad de México, el escenario era ideal para vencer al gigante.
Sin embargo, el plan de juego fue una calca del partido anterior. Aguirre repitió alineación y planteamiento táctico, ignorando que enfrentaba a un rival con condiciones muy distintas. Querer jugar de tú a tú ante una potencia fue el primer error; el técnico sobrevaloró a su equipo y subestimó las fortalezas inglesas. No consideró que sus laterales, con vocación ofensiva, enfrentarían a extremos de mayor nivel y velocidad. La tendencia de Sánchez a subir cobró factura desde las primeras acciones, sin que el cuerpo técnico advirtiera la intención ofensiva de los ingleses que explotaron las bandas.
Defensas que intentan atacar y jugadores de ataque con tareas defensivas, esta contradicción fue aprovechada por el rival, sumada a los errores individuales y la falta de coberturas. Detalles que pasaron desapercibidos para las decenas de personas que integran el cuerpo técnico de Aguirre.
La racha de victorias nubló la óptica. Se casaron con un solo modelo de juego y omitieron escenarios críticos, como qué hacer al ir abajo en el marcador. La respuesta fue evidente, no había un “plan B”. Los goles previos habían llegado, en su mayoría, por errores del rival. Cuando las condiciones del partido cambiaron, no hubo ajustes atinados; solo se realizaron cambios hombre por hombre. Fue evidente la falta de capacidad para reaccionar cuando los europeos se quedaron con un jugador menos. Se trataba de una situación táctica elemental que se entrena, pero la impaciencia se apoderó del banquillo, poblaron el centro del ataque con tres hombres, algo que nunca hicieron en todo el proceso.
Al técnico se le vino la noche porque no hizo la tarea. Navegó por instinto, sin utilizar los instrumentos de análisis que hoy ofrece el futbol moderno, desperdiciando la oportunidad de hacer historia frente a los inventores de este deporte. Sin una estrategia clara, el equipo se dedicó a lanzar centros al área, facilitando la labor a un rival especialista en el juego aéreo. A lo largo del torneo, México nunca mostró un sistema ofensivo sólido, sus ataques dependían de individualidades o de los errores ajenos.
Ante la dinámica del juego, ir perdiendo, tener ventaja numérica y un entorno favorable, no hubo una respuesta táctica desde el banquillo. A lo largo del partido, México perdió su mayor fortaleza, la solidez defensiva.
Así que antes de iniciar una nueva aventura, se debe definir el perfil de entrenador que se necesita de acuerdo a las metas. México ocupará el noveno lugar de la copa, y perdió la oportunidad de estar entre los ocho grandes.
A Javier Aguirre, le sobró verso y le faltó cancha.














