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MATEHUALA.- La tarde de este día, el silencio frente al Hospital General se rompió con una voz cargada de dolor. Un padre de familia, con el rostro cansado y el corazón hecho pedazos, lanzó un llamado urgente a las autoridades: prohibir la venta de pirotecnia de alto poder y reforzar de una vez por todas los controles que hoy no existen o no se aplican.
El hombre, con una carta escrita de puño y mano, relató que su hijo, un menor de apenas 12 años, perdió una mano tras un accidente provocado por uno de estos artefactos que se venden como si fueran dulces, sin advertencias reales y sin responsabilidad. Un segundo bastó para cambiarlo todo: la risa, los juegos, los planes… todo quedó atrás.
Con la voz entrecortada, pidió también a quienes venden pirotecnia que dejen de hacerlo a menores de edad, recordando que no se trata de “cohetes”, sino de explosivos que no distinguen entre juego y tragedia. “No es tradición cuando termina en el quirófano”, dijo, mientras su hijo luchaba por adaptarse a una vida distinta.
El llamado fue también directo a madres y padres: vigilar, acompañar y decir que no, aunque incomode. Porque la pirotecnia no solo quema pólvora, quema futuros. Y porque ninguna familia debería aprender, frente a un hospital, que la diversión mal entendida puede cobrar un precio irreparable.
















