Recuerdos del ferrocarril potosino PARTE I

Por Joseph Malone de la Paz

Cada atardecer, este redactor miraba pasar el tren azul de pasajeros sobre los campos llaneros de “Las Águilas”, las vías, tan frías como oscuras, tendidas sobre el ocre de la tierra parecían chillar de dolor con el paso de la máquina y sus vagones, por cuyas ventanas se colaban los últimos destellos del sol, una escena que bien podría tratarse de una obra de Edward Hooper.

El tren provenía de Querétaro y su paso por el campo de las Águilas (en ese lugar se construyó la colonia Nuevo Paseo, a un costado del puente Pemex) era el tramo final hacia la entonces nueva estación del Ferrocarril de la Avenida 20 de Noviembre (la anterior fue construida en el lado oriente de lo que hoy es la Alameda, durante el porfiriato y el mismo presidente vino a inaugurarla, hoy es propiedad de la empresa de ferrocarril Canadian Pacific Kansas City de México), una estación art decó amplia y moderna, con unos mosaicos impresionantes sobre la evolución del ferrocarril que estaba llena de vida y que proveía de huéspedes a los númerosos hotelitos que pululaban en lo que hoy es el Jardín Blas Escontría.

Para la época en que Joseph Malone les comparte este recuerdo, los autobuses foráneos ya habían acaparado el mercado del transporte de pasajeros y la aviación, de a poco, comenzaba a ser asequible a las personas, pero el tren de pasajeros era muy barato y mucha gente lo seguía utilizando a finales de los años setenta, aunque para un viaje de San Luis a Monterrey ¡se llevara 18 horas!

Además de la “corrida” o destino de la Ciudad de México a Nuevo Laredo, pasaban por San Luis Potosí (igual partiendo de la estación de Buenavista de la capital del país), el dirigido a Aguascalientes y el con destino a Tampico, que se iba por la huasteca potosina y zona media, pasando por estaciones como Riovede, Tamasopo, Ciudad Valles, Tamuín, Ebano, entre otras.

Viajar en tren era toda una aventura, desde la llegada a la estación (nueva) implicaba toparse con la taquilla de los boletos “luego luego” entrando, flanqueada por amplias salas de espera con extensos sillones dobles de madera, de tres o cuatro plazas cada uno, forrados en plástico, donde podía uno esperar su salida.

Previamente a entrar o pasar a los andenes, donde los trenes en varias filas esperaban para partir al grito de “Váaaaaamonosss”, podía uno pasar a comprar o adquirir algún lunch, medicamento o el periódico impreso del día, en la tienda del lugar (La Viajera), o bien admirar los murales del maestro Fernando Leal, que hoy en día se conservan y retratan los distintos medios de transporte a través de la historia, desde el caballo, las diligencias, las máquinas de vapor y de diesel, así como las denominadas clases sociales y su vestimenta o indumentaria.

Una vez en los andenes, el Conductor (responsable general del tren y del viaje), ataviado de manera impecable con un traje azul marino, corbata del mismo color, camisa blanca y un sombrero tipo quepi, aseado, lustrado, afeitado y cabello peinado con cera, daba la bienvenida a los primeros pasajeros, pues debía de supervisar e inspeccionar a detalle cada uno de los vagones, desde la o las máquinas de tracción hasta el cabús o ultimo carro, así como al personal de operaciones, desde el maquinista hasta los garroteros.

Un primer jalón avisaba que se alistaba ya la salida, todos a sus asientos y de manera posterior se subía la escotilla escalera y comenzaba el chuc-chuc-chuc, si era de día se podía ir admirando los paisajes, si era de noche las luces de la ciudad o los pueblos. En el caso de San Luis rumbo a Nuevo Laredo hubo varias estaciones intermedias, como Bocas, Laguna Seca, Wadley, Vanegas, entre otras.

En cada una de ellas, varias o numerosas señoras subían a ofrecer, sin importar la hora diversas viandas generosamente preparadas por ellas en familia para disfrute de las y los pasajeros: “café, ¿quiere café?; pollo y tacooss” exclamaban mientras recorrían cada vagón durante los aproximadamente 30 minutos que el gigante de metal se paraba en cada estación. También vendían huevos de gallina cocidos (o duros como dicen los gringos), pan, gorditas y refrescos de ese entonces como el Pascual Boing, Lulú, Del Valle, Sidral, entre otros.
Continuará…

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